Ken Loach (Nuneaton, Reino Unido, 1936) no es un director de cine al uso. No es un “buen artesano” que se amolda a modas y éxitos comerciales garantizados. El cineasta británico - de 85 años de edad - se quiere independiente, consciente, eso sí, de que la independencia en el capitalismo, incluida en la industria cinematográfica, es pura entelequia. Pese a ello, el director de “Yo, Daniel Blake” (2016) y de muchos otros largometrajes más, va a su bola, es decir, a lo que siempre ha deseado hacer en el séptimo arte: un cine comprometido política y socialmente. Ser de alguna manera la voz (o el grito) de quienes sufren los azotes inclementes de la dictadura capitalista: la clase obrera y otras capas populares. Es el caso en, “Sorry we missed you”, su última producción hasta hoy. Una crónica impresionante y desgarradora pensada y escrita en colaboración con su guionista habitual, Paul Laverty.

Semiesclavitud

La cinta, que obtuvo en el Festival de Cine de San Sebastián de 2019 el Premio del público-mejor film europeo, se sitúa en el Londres de nuestros días, y cuenta la historia de Ricky (un trabajador que ronda la cincuentena) y su familia que, con muchas dificultades, tratan de hacer frente a las deudas contraídas desde la crisis financiera de 2008. Por suerte para ellos, o así lo piensan al menos, es que Ricky encuentra un trabajo de “emprendedor” en una importante empresa que se dedica a la distribución de paquetería. El problema es que el estatuto que rige ese singular trabajo en relación con la empresa ignora olímpicamente el derecho laboral ya de por sí exangüe. Es decir (como ocurre hoy en Glovo, Uber, etc.) no se trabaja “para” la empresa, sino “con” ella; no se firma ningún contrato; no se cobra un salario, sino tarifas en función del rendimiento, y hay que estar disponible las 24 horas del día, utilizar su coche personal para realizar el trabajo de distribución y trabajar 14 horas al día, 6 días a la semana. Por supuesto, en esas circunstancias de semiesclavitud las tensiones aparecen violenta e inopinadamente. En el seno familiar, distanciando a la pareja y no pudiendo  ocuparse de la educación de sus hijos, y en el trabajo diario de estos falsos autónomos, sometiéndose a una permanente competitividad que les lleva frecuentemente al borde del abismo.

Estamos, pues, ante  una película urgente y necesaria que gracias a privilegiar el contenido al continente, a su estilo cinematográfico sobrio y sencillo y a unas interpretaciones apabullantes, denuncia (pese al pesimismo reinante en la dramática realidad expuesta) la sobreexplotación actual de la clase obrera por el insaciable capitalismo, al tiempo que instiga a concienciarnos y a la necesidad imperiosa de organizarnos sindicalmente para erradicar tamañas tropelías.

Rosebud

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