Cuando la parca con su insaciable y afilada guadaña siega la vida de alguien que cuenta para mí, digo con Pablo Neruda que sólo “se muere por olvido”. Es decir, que mientras el recuerdo pervive - por las razones que fueren - la muerte, ese cese de la homeostasis en el ser vivo, desaparece. No existe. Algo perfectamente aplicable al fallecimiento del líder del proletariado mundial Vladímir Ilích Uliánov, Lenin. Y esto por mucho siglo que haya pasado desde aquella aciaga tarde del 21 de enero de 1924 en la ciudad de Gorki, a pocos kilómetros de Moscú. Día y lugar en los que el más grande pensador y revolucionario del siglo XX dejó físicamente este mundo a los 53 años. Eso sí, sin que desde entonces ni el implacable paso del tiempo ni el odio de la burguesía a las ideas revolucionarias hayan podido borrar - ni un tantico así – su emblemática figura y sus valiosas enseñanzas. Es decir, Lenin no ha muerto para pesadilla del capitalismo. Lo menosprecien o no. Da igual. El camarada Uliánov sigue vivo en las luchas de los/as revolucionarios/as del mundo entero y en el corazón de los pueblos que se alzan conscientemente contra ese sistema de explotación y expolio. ¿Cómo explicar sino la mórbida obsesión de la burguesía, de sus miserables medios de desinformación y de su intelectualidad lacaya contra algo (el comunismo) que consideran un sistema político zanjado por la historia? ¿Por qué a la primera ocasión que tienen vomitan tanta bilis contra lo que sus cínicos “expertos” consideran fallido e inviable? Pura conjuración. El capitalismo, el imperialismo, entendido este de manera leninista como la fase superior (y última) de su desarrollo histórico, lo sabe muy bien: al igual que otras sociedades humanas en el desarrollo materialista de la historia han pasado por determinados modos de producción, evolucionando del comunismo primitivo al feudalismo pasando por el esclavismo, también el capitalismo ha sido superado por el socialismo que, pese a todas las críticas de clase vertidas desde la disolución de la URSS, ha probado su diversa pero irrefutable existencia en diferentes países del planeta tras la Revolución de Octubre de 1917. Desaparece el capitalismo, porque lleva en sus entrañas el germen de su propia destrucción: la contradicción capital-trabajo y el sepulturero (la clase obrera organizada revolucionariamente) que lo entierra.

Camino a seguir

Pero ¿Por qué Lenin, un revolucionario ruso que pasó buena parte de su vida en el destierro, que falleció relativamente joven y que dirigió la Rusia de los Soviets desde octubre de 1917 a marzo de 1923 –apenas 6 años – es tan importante y necesario para la clase trabajadora de nuestros días?. La respuesta no admite dudas: porque fue el artífice de la primera revolución socialista victoriosa de la historia de la humanidad en la que, además, se inspiraron otras revoluciones de igual carácter a través del mundo. Pero fundamentalmente porque dotó a la clase trabajadora de la herramienta indispensable para la consecución del socialismo, es decir, concienciarse (“sin teoría revolucionaria, tampoco puede haber movimiento revolucionario”) y organizarse en el Partido de Nuevo Tipo, el Partido Comunista. Señaló, pues, el camino a seguir para derrotar al capitalismo. Sin milongas que valgan.

Sintetizando, Carlos Marx elaboró un análisis crítico y científico del mundo y del capital, en el que “la lucha de clases es el motor de la historia”. Lenin, por su parte, fue, además del continuador de las ideas de Marx, quien las hizo praxis en la toma del Palacio de Invierno. Hizo realidad aquello que el de Tréveris aseveró en 1845: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. ¡Transformémoslo! ¡Capitalistas, Lenin no ha muerto!

José L. Quirante

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