
“Yo vivía en un barrio de Madrid, con campanas, con relojes, con árboles” (…), escribía en 1937 Pablo Neruda en su poema Explico algunas cosas del libro España en el corazón. “Mi casa – proseguía más adelante el premio Nobel de Literatura chileno – era llamada la casa de las flores, porque por todas partes estallaban geranios: era una bella casa con perros y chiquillos. Raúl, te acuerdas? ¿Te acuerdas, Rafael? Federico, ¿te acuerdas?” (…) “Todo eran grandes voces, sal de mercaderías, aglomeraciones de pan palpitante, mercados de mi barrio de Argüelles (…): el aceite llegaba a las cucharas, un profundo latido de pies y manos llenaba las calles, metros, litros, esencia aguda de la vida”… Y súbitamente el exultante relato se quiebra y desgarra en el verso siguiente: “Y una mañana todo estaba ardiendo, y una mañana las hogueras salían de la tierra devorando seres (…). Bandidos con aviones y con moros, bandidos con sortijas y duquesas, bandidos con frailes negros bendiciendo venían por el cielo a matar niños, y por las calles la sangre de los niños corría simplemente, como sangre de niños”.
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- Escrito por José L. Quirante
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¡Qué ruin este sistema capitalista plagado de ideología fascista que culpa sin piedad a los parias de esta Tierra de todo lo malo que nos acecha y pasa! Hubo un tiempo, y jamás deberíamos olvidarlo quienes sufrimos la embestida brutal de la dictadura franquista, pero tampoco aquellos que piensan que siempre se vivió como hasta ahora, que para poder subsistir centenas de miles, millones de trabajadores y campesinos de toda España, tuvieron que emigrar al extranjero. ¡Sí, sí, millones de emigrantes españoles desperdigados por toda Europa y América Latina! Allí, en aquellas tierras ignotas para ellos y durante varias décadas (1950 - 60 y 70 del siglo pasado), la migración española sufrió en general la afrenta del racismo, de la sobreexplotación de la patronal autóctona y la del insoportable menosprecio de quienes los miraban por encima del hombro. Todo, mientras las “remesas de los emigrantes” permitían en buena parte el pregonado “milagro económico español” (1959-1973) y el anhelado retorno definitivo a casa se iba convirtiendo en un sueño imposible para muchos; ocasionando la ruptura de los lazos afectivos, sociales, culturales y familiares con los lugares de origen, y en muchos casos, el traumático desmembramiento de una misma unidad familiar migrante. Unos hijos permanecían para siempre en el extranjero mientras otros volvían a la patria de sus padres. Un drama desgarrador silenciado por el franquismo para quien “la preferencia nacional” en ese asunto le importó siempre un carajo, pero igualmente omitido por todos los gobiernos democráticos que más tarde le sucedieron en el poder del Estado. Fuimos por tanto, y lo somos aún, un país de emigrantes. Como decían inveterados racistas galos por aquel entonces: des sales métèques (“sucios extranjeros”).
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¿En las próximas convocatorias electorales (autonómicas, municipales y generales), el electorado que vota habitualmente a “las formaciones políticas situadas a la izquierda del PSOE”, y que defienden poder “cambiar las cosas en beneficio de la clase trabajadora desde la gestión capitalista”, se dejará de nuevo embaucar? ¿Tendrá la memoria tan corta como para olvidar las promesas incumplidas durante los gobiernos de coalición habidos en las dos últimas legislaturas, precisamente por esa “izquierda transformadora” que astutamente afirmaba querer “asaltar los cielos”, y ahora se emperifolla a toda prisa para repetir mandatos y volver a chupar del bote? ¿Prevalecerán otra vez esos argumentos insidiosos y arribistas? Caer nuevamente en la estrategia gatopardista de cambiar para que finalmente todo siga igual o en el manido principio de elegir el mal menor, son opciones torpes y cansinas, además de inoperantes para los intereses de los currantes. Primero, tras las manifestaciones masivas del 15M se urdió PODEMOS, realmente para canalizar el descontento popular y así obstaculizar la posibilidad de una opción política más radicalizada. Sin embargo, con el tiempo el hallazgo perdió fuelle: Pablo Iglesias, líder de los morados, se cortó simbólica y literalmente la coleta; sus ministros en el segundo gobierno Sánchez y sus diputados en la Cámara Baja se esfumaron por infructuosos, y por si fuera poco, en las últimas elecciones autonómicas no se han comido un rosco. Después, para proseguir el apuntalamiento del PSOE en su tercera legislatura y encandilar al personal, se inventó SUMAR, de la inefable Yolanda Díaz. En verdad, un apéndice de Izquierda Unida engordado con pocos ingredientes más. Y todos tan ufanos. Pero, ¿y lo de asaltar los cielos?, pues res de res, que es el léxico de moda. Sí, porque tras los últimos batacazos electorales de unos y otros, y ante las elecciones que se avecinan, urgía más bien remangarse y cavilar sobre “Que s’ha de fer?” (“¿Qué hay que hacer?”) con objeto de no periclitar y disiparse. Y a ello se ha prestado, con el apoyo inestimable y explícito del gobierno socialdemócrata y de ciertos medios de comunicación, el peculiar portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el Congreso, Gabriel Rufián.
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¿Quién puede hoy día rebatir lo que tantas veces ha denunciado el PCPE, pero también otras organizaciones revolucionarias, que el capitalismo en su implacable agonía arrastraría al Planeta, y si es preciso a toda la Humanidad al más insondable de los abismos? ¿Quién, asimismo en nuestros días, es capaz de negar que la única alternativa política a tanta barbarie, a tanta desolación y muerte, es el socialismo-comunismo? ¿Quién, sino los mismos capitalistas y sus congéneres? Y ello, además, pese a la desaparición del llamado “bloque comunista”, tan cínicamente utilizada por la burguesía y sus grotescos medios de comunicación para cortar en seco cualquier veleidad popular por un cambio profundo de sociedad. Sí, el capitalismo en su fase superior imperialista es una bestia desbocada que sintiéndose herida de muerte está dispuesta a todo por perdurar. Refutemos las milongas y los cantos de sirena destinados a “humanizarlo”. El espantoso drama iraní con el que amanecemos y nos acostamos lo demuestra cada día. Lo que pasa hoy en Asia occidental, lo que sucedió ayer en Venezuela con el secuestro de su presidente, esposa y el petróleo venezolano y anteayer en Gaza con el genocidio palestino, y lo que pueda ocurrir mañana quién sabe dónde, no es cosa solamente de un mandatario psicópata y sus sicarios sionistas - que también - sino de la lógica criminal del capitalismo que para mantenerse en pie (es decir, para acumular capital), explota, expolia, y llegado el caso, bombardea y asesina impunemente. Es lo que hace hoy con el asentimiento internacional el imperialismo yanqui en Irán bajo el lema: “Hacer a EEUU grande otra vez”. Es decir, que el capitalismo estadounidense consolide su hegemonía frente a sus dos temidos competidores, China y Rusia. Lo demás (poseer armas nucleares, carecer de democracia, maltratar a la mujer iraní, etc.) son meros pretextos para aniquilar a ese país islámico y alcanzar aquel objetivo. Apropiarse, pues, de un país rico en recursos naturales, que, además, dificulta la promesa divina del “Gran Israel”, y que en caso de conseguirlo, poder dominar todo Oriente Medio. Cualquier otra consideración es superflua para el pirado Tío Sam, incluidos los países de la lacaya Unión Europea, la carestía de la vida y, evidentemente, las víctimas inocentes que tamañas barbaridades imperialistas puedan ocasionar. Como las 168 alumnas iraníes asesinadas por misiles Tomahawk norteamericanos en la escuela primaria de Minab, en el sur de Irán.
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“Cuba no sobrevivirá”, sentenció hace unas semanas el actual representante del imperialismo yanqui, el fascista Donald Trump, tras anunciar que impondrá nuevos aranceles “a las importaciones de mercancías provenientes de un país extranjero que venda o suministre, directa o indirectamente, petróleo a Cuba”. Lo que unido a la declaración de que la Mayor de las Antillas constituye “una amenaza inusual y extraordinaria para la Seguridad Nacional y la política exterior de Estados Unidos”, prefigura, contraviniendo el Derecho Internacional, las intenciones del Imperio de asestar el “golpe definitivo” a un pueblo que resiste heroicamente un criminal bloqueo comercial, económico y financiero desde hace más de seis décadas. Un proceder terrorista, que en lugar de ser condenado por los medios de comunicación occidentales (incluidos los españoles) por atentar contra la libertad y los derechos humanos de un país soberano, lo silencian o se hacen cómplices de las motivaciones que engañosamente enarbola el poderoso agresor. Es decir, tratan de normalizar una situación completamente arbitraria en aras del capitalismo que los amamanta. Apareciendo así el verdadero rostro de ese sistema imperial capitalista que, por otro lado, ya nada oculta ni camufla. Impunemente asesina, invade, bombardea, secuestra, o amedrenta a mandatarios rebeldes para robarles descaradamente los recursos naturales de sus países. Y el mundo, deplorablemente, mira para otro lado.
Frente Mundial Antiimperialista
Es, por ejemplo, lo que ha pasado, y pasa, en Gaza. Se extermina, se encarcela y se priva de derechos a un pueblo ejemplar. Y tras la hecatombe, el silencio. De nuevo los medios de comunicación burgueses normalizan la barbarie, y como si de una noticia banal se tratara, se hacen eco de que un “Comité Técnico para la Administración de Gaza (CNAG), respaldado por Donald Trump, y compuesto por 12 expertos tecnócratas, tendrá la tarea de gobernar y reconstruir el enclave durante la fase de posguerra”. Añadiendo a continuación, que “el Comité trabajará junto a una Junta de Paz presidida de por vida por Trump e integrada, entre otros políticos, por Marco Rubio (Secretario de Estado de EEUU), Tony Blair (Ex primer ministro del Reino Unido) y Jared Kushner, yerno de Donal Trump”. Y los paladines de la información objetiva, los derechos humanos y demás libertades en otras latitudes, ignorando el activo criminal de esa escoria, cierran el pico sobre este asunto, y fieles a la voz del amo americano, propagan frívolamente la idea de los jugosos negocios que el Tío Sam y el sionismo proyectan realizar sobre las decenas de miles de cadáveres palestinos que ellos mismos asesinaron.
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No siempre la revelación del Premio Nobel de la Paz está rodeada del prestigio esperado. Tampoco que la o el galardonado lo merezca irrefutablemente. Con tales premisas no debe sorprender que en muchos casos se atisben camuflados intereses políticos. Me explico: desde que en 1901 se entregó el primer Premio Nobel, éstos han gozado, aunque ahora al parecer con menos fuelle, de gran reputación en la comunidad internacional. Y, en particular, entre la elitista burguesía intelectual que la compone. Conseguir estos preciados galardones era (¿lo es aún?) la más alta consideración para cualquier pensador, científico o infatigable combatiente por la paz que se estime. Por tanto, el sumun del reconocimiento al talento, a la capacidad especulativa y al trabajo de investigación. Aun así, ciertos Nobel de la Paz de los últimos tiempos reclaman mayor perspicacia. Es decir, la que, hurgando en los méritos alegados por sus patrocinadores, permita verificar que no es oro todo lo que reluce - ¡Uy que no! -, y que sus valoraciones distan mucho de los deseos fundacionales del creador de los Nobel, el inventor (¡qué paradoja!) de la dinamita Alfred Nobel. Veamos, entonces, algunos de esos polémicos casos.
Vivir para ver
Por ejemplo, Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano de 1969 a 1977 y Premio Nobel de la Paz, en 1973, “por sus esfuerzos en la negociación del alto el fuego en la guerra de Vietnam”. Una valoración engañosa, pues EE.UU. permaneció dos años más en Vietnam del Sur asesinando y expoliando, al tiempo que promovía golpes de Estado en Chile y Bolivia, y sostenía dictaduras como la de Videla en Argentina o la de Suharto en Indonesia. Esta última responsable del genocidio, en 1965, de más de 1 millón de comunistas indonesios. Un Nobel tan vergonzoso, que hasta el diario The Washington Post, hoy del magnate Jeff Bezos, trató al laureado de “criminal de guerra”.
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El tinglado político español va de puto culo. Y perdonen lo vulgar de esta expresión popular, pero este inopinado exabrupto, comparado con lo que vemos y oímos cada día en la deleznable televisión a la hora de almorzar sin que se nos atragante lo que ingerimos, es —créanme— peccata minuta. Vamos, de escasísima monta. Pero vayamos al asunto que me anima a redactar esta crónica que se pretende mordaz. Decía, refiriéndome al zarandeado y maltrecho Ejecutivo español, que “las cosas” le pintan mal, pero que muy mal. Según afirman lenguas viperinas, al atribulado Pedro Sánchez le cuesta un huevo conciliar últimamente el sueño por las noches. Se le hacen interminables. Qué digo: eternas. Al parecer, se mueve más que un remolino y una profunda desazón lo tiene en un perpetuo sinvivir. Vamos, que le han arrebatado el sueño de los justos. Y no precisamente quienes él creía se lo iban a hurtar un día si formaba un gobierno de coalición con ellos, es decir, con Pablo Iglesias y Podemos. No, esos y esas que tanto presumían de asaltar el cielo provocándole pavor al final no treparon (vaya palabrita) ni a los tejados. Eso sí, cacarearon mucho, pero en general fueron muy inofensivos. Incluso inocuos, podríamos añadir sin temor a equivocarnos. Hoy, en realidad, quien le quita el sueño al señor presidente del Gobierno más a la izquierda de no sé qué es la patulea de enanos depravados que le está creciendo en sus propias filas un día sí y otro también. De auténtico espanto. Se lo aseguro. No hay día, como decimos, que no aparezcan nuevos escándalos de corrupción, puteríos o acosos sexuales. Y siempre, siempre, en el origen de cada uno de ellos, el ambicionado parné, que empodera, envilece y enajena. Y es que el “poderoso caballero don Dinero”, eje central del sistema de producción capitalista sobre el que pivota la vida económica, política, social y cultural en el mundo que nos ha tocado sufrir, no entiende ni de moral, ni de ética y, menos aún, de dignidad. Lo que importa es la plata. No la que se necesita para vivir dignamente, sino la que se amasa y amontona. Y da igual cómo se consiga: explotando y expoliando a la clase obrera o robando a manos llenas. Es, por tanto, en el capitalismo, y en su filosofía del beneficio como leitmotiv de su codiciosa existencia, donde radica toda la inmundicia que nos asola descaradamente.
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Digna, porque pese a los terribles estragos que el imperialismo yanqui ocasiona al pueblo cubano con sus criminales sanciones económicas con el propósito estratégico de provocar un estallido social y acabar con la Revolución cubana, Cuba, cual Titán de bronce, permanece firme ante su historia y fiel a sus principios revolucionarios. Soberana igualmente, porque lo conseguido y sancionado aquel histórico primero de enero de 1959 (del que harán ahora sesenta y siete años del triunfo de la guerrilla y del pueblo cubano en armas) no se pone en tela de juicio ni se negocia. Como lo demuestra la mayor de las Antillas, declarando solemnemente en cada ocasión que se presenta, que “todos los asuntos pueden ser abordados y discutidos entre Estados Unidos y Cuba, pero en una relación de igual a igual, sin a priori y con respeto mutuo”. Enfatizando, además, que “cualquier negociación debe ser sin presiones, intimidaciones ni descalificaciones”. Pues bien, con esos nobles y poderosos pertrechos, que a nadie debieran extrañar por su aplastante coherencia y sensatez, el ministro de Relaciones Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado 29 de octubre el proyecto de resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, y que dura desde hace ya sesenta y cinco años.
Luchar revolucionariamente
Por trigésima tercera vez consecutiva el proyecto de resolución obtuvo la aprobación de la abrumadora mayoría de países que componen el organismo internacional. 165 países votaron a favor, “por considerar el bloqueo una política de castigo colectivo y una violación sistemática de los derechos humanos del pueblo cubano”; 7 votaron en contra (Argentina, Estados Unidos, Hungría, Israel, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania), pasándose bajo el pernil tales consideraciones, lo que dice mucho sobre la crueldad de estos sumisos y rastreros lacayos del Imperio; y finalmente 12 Estados se abstuvieron, entre ellos los de Costa Rica, Ecuador, Marruecos y Polonia. Sin duda ninguna, debido a las enormes presiones diplomáticas y otras de naturaleza diferente que semanas previas a la votación el déspota Donald Trump y su repugnante administración ejercieron sobre numerosos Estados miembros de la ONU.
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- Escrito por José L. Quirante
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La crisis profunda (institucional, política, económica y social) que vive actualmente Francia la ven hasta los ciegos. Sí, todos menos el presidente ultraliberal Emmanuel Macron. Sin embargo, es una debacle tangible, poliédrica, y que se agrava cada hora que pasa y cada día que amanece. Tendríamos que remontarnos bastante en el túnel del tiempo (quizás a los años de la dimisión de Charles de Gaulle como presidente de la República francesa tras las revueltas de mayo de 1968) para encontrar una situación similar. Y puede que nos quedáramos cortos en la evocación temporal. Pues la crisis de régimen que sacude al país vecino no es producto de masivas protestas estudiantiles o de imponentes huelgas obreras que, en aquella primavera mítica, cuestionaron claramente el sistema capitalista y su poder político, sino que el impasse, el punto muerto en el que se halla hoy Francia, y que petrifica a la sociedad gala en su conjunto. Es, fundamentalmente, el resultado de las pretensiones personales de un jefe de Estado megalómano que se cree un nuevo Napoleón, de aquellos que marcaron funestamente la historia del país de la Comuna. En realidad, un petimetre que pretende enderezar entuertos por doquier mientras en su casa (el suntuoso Palacio del Elíseo) es incapaz de quitar la mierda que se apila en su artística escalinata desde que su tinglado político, Ensemble (Juntos), se descalabró en las elecciones europeas de junio de 2024.
La última palabra
Desde aquella fecha, el fracaso electoral de nuevo de su organización política en las elecciones legislativas anticipadas que le siguieron en julio de 2024, unido a la ingobernabilidad parlamentaria resultante, debido a la presencia de tres grupos políticos irreconciliables y sin mayoría absoluta en el hemiciclo: el Nuevo Frente Popular (NFP), verdadero ganador de las elecciones; los fachas del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y los partidarios del “macronismo”, ha conducido a una inestabilidad política casi permanente, y lo que es peor para el capitalismo galo, a la no aplicación por el momento de unos Presupuestos Generales que pretenden cargar sobre las espaldas de los trabajadores y trabajadoras más de 45.000 millones en recortes sociales.
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