
¿Quién puede hoy día rebatir lo que tantas veces ha denunciado el PCPE, pero también otras organizaciones revolucionarias, que el capitalismo en su implacable agonía arrastraría al Planeta, y si es preciso a toda la Humanidad al más insondable de los abismos? ¿Quién, asimismo en nuestros días, es capaz de negar que la única alternativa política a tanta barbarie, a tanta desolación y muerte, es el socialismo-comunismo? ¿Quién, sino los mismos capitalistas y sus congéneres? Y ello, además, pese a la desaparición del llamado “bloque comunista”, tan cínicamente utilizada por la burguesía y sus grotescos medios de comunicación para cortar en seco cualquier veleidad popular por un cambio profundo de sociedad. Sí, el capitalismo en su fase superior imperialista es una bestia desbocada que sintiéndose herida de muerte está dispuesta a todo por perdurar. Refutemos las milongas y los cantos de sirena destinados a “humanizarlo”. El espantoso drama iraní con el que amanecemos y nos acostamos lo demuestra cada día. Lo que pasa hoy en Asia occidental, lo que sucedió ayer en Venezuela con el secuestro de su presidente, esposa y el petróleo venezolano y anteayer en Gaza con el genocidio palestino, y lo que pueda ocurrir mañana quién sabe dónde, no es cosa solamente de un mandatario psicópata y sus sicarios sionistas - que también - sino de la lógica criminal del capitalismo que para mantenerse en pie (es decir, para acumular capital), explota, expolia, y llegado el caso, bombardea y asesina impunemente. Es lo que hace hoy con el asentimiento internacional el imperialismo yanqui en Irán bajo el lema: “Hacer a EEUU grande otra vez”. Es decir, que el capitalismo estadounidense consolide su hegemonía frente a sus dos temidos competidores, China y Rusia. Lo demás (poseer armas nucleares, carecer de democracia, maltratar a la mujer iraní, etc.) son meros pretextos para aniquilar a ese país islámico y alcanzar aquel objetivo. Apropiarse, pues, de un país rico en recursos naturales, que, además, dificulta la promesa divina del “Gran Israel”, y que en caso de conseguirlo, poder dominar todo Oriente Medio. Cualquier otra consideración es superflua para el pirado Tío Sam, incluidos los países de la lacaya Unión Europea, la carestía de la vida y, evidentemente, las víctimas inocentes que tamañas barbaridades imperialistas puedan ocasionar. Como las 168 alumnas iraníes asesinadas por misiles Tomahawk norteamericanos en la escuela primaria de Minab, en el sur de Irán.
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- Escrito por José L. Quirante
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“Cuba no sobrevivirá”, sentenció hace unas semanas el actual representante del imperialismo yanqui, el fascista Donald Trump, tras anunciar que impondrá nuevos aranceles “a las importaciones de mercancías provenientes de un país extranjero que venda o suministre, directa o indirectamente, petróleo a Cuba”. Lo que unido a la declaración de que la Mayor de las Antillas constituye “una amenaza inusual y extraordinaria para la Seguridad Nacional y la política exterior de Estados Unidos”, prefigura, contraviniendo el Derecho Internacional, las intenciones del Imperio de asestar el “golpe definitivo” a un pueblo que resiste heroicamente un criminal bloqueo comercial, económico y financiero desde hace más de seis décadas. Un proceder terrorista, que en lugar de ser condenado por los medios de comunicación occidentales (incluidos los españoles) por atentar contra la libertad y los derechos humanos de un país soberano, lo silencian o se hacen cómplices de las motivaciones que engañosamente enarbola el poderoso agresor. Es decir, tratan de normalizar una situación completamente arbitraria en aras del capitalismo que los amamanta. Apareciendo así el verdadero rostro de ese sistema imperial capitalista que, por otro lado, ya nada oculta ni camufla. Impunemente asesina, invade, bombardea, secuestra, o amedrenta a mandatarios rebeldes para robarles descaradamente los recursos naturales de sus países. Y el mundo, deplorablemente, mira para otro lado.
Frente Mundial Antiimperialista
Es, por ejemplo, lo que ha pasado, y pasa, en Gaza. Se extermina, se encarcela y se priva de derechos a un pueblo ejemplar. Y tras la hecatombe, el silencio. De nuevo los medios de comunicación burgueses normalizan la barbarie, y como si de una noticia banal se tratara, se hacen eco de que un “Comité Técnico para la Administración de Gaza (CNAG), respaldado por Donald Trump, y compuesto por 12 expertos tecnócratas, tendrá la tarea de gobernar y reconstruir el enclave durante la fase de posguerra”. Añadiendo a continuación, que “el Comité trabajará junto a una Junta de Paz presidida de por vida por Trump e integrada, entre otros políticos, por Marco Rubio (Secretario de Estado de EEUU), Tony Blair (Ex primer ministro del Reino Unido) y Jared Kushner, yerno de Donal Trump”. Y los paladines de la información objetiva, los derechos humanos y demás libertades en otras latitudes, ignorando el activo criminal de esa escoria, cierran el pico sobre este asunto, y fieles a la voz del amo americano, propagan frívolamente la idea de los jugosos negocios que el Tío Sam y el sionismo proyectan realizar sobre las decenas de miles de cadáveres palestinos que ellos mismos asesinaron.
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No siempre la revelación del Premio Nobel de la Paz está rodeada del prestigio esperado. Tampoco que la o el galardonado lo merezca irrefutablemente. Con tales premisas no debe sorprender que en muchos casos se atisben camuflados intereses políticos. Me explico: desde que en 1901 se entregó el primer Premio Nobel, éstos han gozado, aunque ahora al parecer con menos fuelle, de gran reputación en la comunidad internacional. Y, en particular, entre la elitista burguesía intelectual que la compone. Conseguir estos preciados galardones era (¿lo es aún?) la más alta consideración para cualquier pensador, científico o infatigable combatiente por la paz que se estime. Por tanto, el sumun del reconocimiento al talento, a la capacidad especulativa y al trabajo de investigación. Aun así, ciertos Nobel de la Paz de los últimos tiempos reclaman mayor perspicacia. Es decir, la que, hurgando en los méritos alegados por sus patrocinadores, permita verificar que no es oro todo lo que reluce - ¡Uy que no! -, y que sus valoraciones distan mucho de los deseos fundacionales del creador de los Nobel, el inventor (¡qué paradoja!) de la dinamita Alfred Nobel. Veamos, entonces, algunos de esos polémicos casos.
Vivir para ver
Por ejemplo, Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano de 1969 a 1977 y Premio Nobel de la Paz, en 1973, “por sus esfuerzos en la negociación del alto el fuego en la guerra de Vietnam”. Una valoración engañosa, pues EE.UU. permaneció dos años más en Vietnam del Sur asesinando y expoliando, al tiempo que promovía golpes de Estado en Chile y Bolivia, y sostenía dictaduras como la de Videla en Argentina o la de Suharto en Indonesia. Esta última responsable del genocidio, en 1965, de más de 1 millón de comunistas indonesios. Un Nobel tan vergonzoso, que hasta el diario The Washington Post, hoy del magnate Jeff Bezos, trató al laureado de “criminal de guerra”.
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El tinglado político español va de puto culo. Y perdonen lo vulgar de esta expresión popular, pero este inopinado exabrupto, comparado con lo que vemos y oímos cada día en la deleznable televisión a la hora de almorzar sin que se nos atragante lo que ingerimos, es —créanme— peccata minuta. Vamos, de escasísima monta. Pero vayamos al asunto que me anima a redactar esta crónica que se pretende mordaz. Decía, refiriéndome al zarandeado y maltrecho Ejecutivo español, que “las cosas” le pintan mal, pero que muy mal. Según afirman lenguas viperinas, al atribulado Pedro Sánchez le cuesta un huevo conciliar últimamente el sueño por las noches. Se le hacen interminables. Qué digo: eternas. Al parecer, se mueve más que un remolino y una profunda desazón lo tiene en un perpetuo sinvivir. Vamos, que le han arrebatado el sueño de los justos. Y no precisamente quienes él creía se lo iban a hurtar un día si formaba un gobierno de coalición con ellos, es decir, con Pablo Iglesias y Podemos. No, esos y esas que tanto presumían de asaltar el cielo provocándole pavor al final no treparon (vaya palabrita) ni a los tejados. Eso sí, cacarearon mucho, pero en general fueron muy inofensivos. Incluso inocuos, podríamos añadir sin temor a equivocarnos. Hoy, en realidad, quien le quita el sueño al señor presidente del Gobierno más a la izquierda de no sé qué es la patulea de enanos depravados que le está creciendo en sus propias filas un día sí y otro también. De auténtico espanto. Se lo aseguro. No hay día, como decimos, que no aparezcan nuevos escándalos de corrupción, puteríos o acosos sexuales. Y siempre, siempre, en el origen de cada uno de ellos, el ambicionado parné, que empodera, envilece y enajena. Y es que el “poderoso caballero don Dinero”, eje central del sistema de producción capitalista sobre el que pivota la vida económica, política, social y cultural en el mundo que nos ha tocado sufrir, no entiende ni de moral, ni de ética y, menos aún, de dignidad. Lo que importa es la plata. No la que se necesita para vivir dignamente, sino la que se amasa y amontona. Y da igual cómo se consiga: explotando y expoliando a la clase obrera o robando a manos llenas. Es, por tanto, en el capitalismo, y en su filosofía del beneficio como leitmotiv de su codiciosa existencia, donde radica toda la inmundicia que nos asola descaradamente.
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Digna, porque pese a los terribles estragos que el imperialismo yanqui ocasiona al pueblo cubano con sus criminales sanciones económicas con el propósito estratégico de provocar un estallido social y acabar con la Revolución cubana, Cuba, cual Titán de bronce, permanece firme ante su historia y fiel a sus principios revolucionarios. Soberana igualmente, porque lo conseguido y sancionado aquel histórico primero de enero de 1959 (del que harán ahora sesenta y siete años del triunfo de la guerrilla y del pueblo cubano en armas) no se pone en tela de juicio ni se negocia. Como lo demuestra la mayor de las Antillas, declarando solemnemente en cada ocasión que se presenta, que “todos los asuntos pueden ser abordados y discutidos entre Estados Unidos y Cuba, pero en una relación de igual a igual, sin a priori y con respeto mutuo”. Enfatizando, además, que “cualquier negociación debe ser sin presiones, intimidaciones ni descalificaciones”. Pues bien, con esos nobles y poderosos pertrechos, que a nadie debieran extrañar por su aplastante coherencia y sensatez, el ministro de Relaciones Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas el pasado 29 de octubre el proyecto de resolución “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, y que dura desde hace ya sesenta y cinco años.
Luchar revolucionariamente
Por trigésima tercera vez consecutiva el proyecto de resolución obtuvo la aprobación de la abrumadora mayoría de países que componen el organismo internacional. 165 países votaron a favor, “por considerar el bloqueo una política de castigo colectivo y una violación sistemática de los derechos humanos del pueblo cubano”; 7 votaron en contra (Argentina, Estados Unidos, Hungría, Israel, Macedonia del Norte, Paraguay y Ucrania), pasándose bajo el pernil tales consideraciones, lo que dice mucho sobre la crueldad de estos sumisos y rastreros lacayos del Imperio; y finalmente 12 Estados se abstuvieron, entre ellos los de Costa Rica, Ecuador, Marruecos y Polonia. Sin duda ninguna, debido a las enormes presiones diplomáticas y otras de naturaleza diferente que semanas previas a la votación el déspota Donald Trump y su repugnante administración ejercieron sobre numerosos Estados miembros de la ONU.
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La crisis profunda (institucional, política, económica y social) que vive actualmente Francia la ven hasta los ciegos. Sí, todos menos el presidente ultraliberal Emmanuel Macron. Sin embargo, es una debacle tangible, poliédrica, y que se agrava cada hora que pasa y cada día que amanece. Tendríamos que remontarnos bastante en el túnel del tiempo (quizás a los años de la dimisión de Charles de Gaulle como presidente de la República francesa tras las revueltas de mayo de 1968) para encontrar una situación similar. Y puede que nos quedáramos cortos en la evocación temporal. Pues la crisis de régimen que sacude al país vecino no es producto de masivas protestas estudiantiles o de imponentes huelgas obreras que, en aquella primavera mítica, cuestionaron claramente el sistema capitalista y su poder político, sino que el impasse, el punto muerto en el que se halla hoy Francia, y que petrifica a la sociedad gala en su conjunto. Es, fundamentalmente, el resultado de las pretensiones personales de un jefe de Estado megalómano que se cree un nuevo Napoleón, de aquellos que marcaron funestamente la historia del país de la Comuna. En realidad, un petimetre que pretende enderezar entuertos por doquier mientras en su casa (el suntuoso Palacio del Elíseo) es incapaz de quitar la mierda que se apila en su artística escalinata desde que su tinglado político, Ensemble (Juntos), se descalabró en las elecciones europeas de junio de 2024.
La última palabra
Desde aquella fecha, el fracaso electoral de nuevo de su organización política en las elecciones legislativas anticipadas que le siguieron en julio de 2024, unido a la ingobernabilidad parlamentaria resultante, debido a la presencia de tres grupos políticos irreconciliables y sin mayoría absoluta en el hemiciclo: el Nuevo Frente Popular (NFP), verdadero ganador de las elecciones; los fachas del Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen y los partidarios del “macronismo”, ha conducido a una inestabilidad política casi permanente, y lo que es peor para el capitalismo galo, a la no aplicación por el momento de unos Presupuestos Generales que pretenden cargar sobre las espaldas de los trabajadores y trabajadoras más de 45.000 millones en recortes sociales.
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Cuánta razón tenía Fidel aquel 12 de junio de 1992 en Río de Janeiro, cuando en una Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo denunció a las sociedades de consumo como “las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente”; añadiendo a continuación que “ellas han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer. Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden y miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar”. ¿Quién en sus cabales puede cuestionar hoy esta funesta realidad, revelada entonces por el legendario revolucionario cubano? ¡Quién!
Efectivamente, han pasado más de tres décadas desde aquel brillante y rotundo alegato contra la destrucción progresiva del planeta, y las últimas palabras del discurso de Fidel Castro exigiendo que “cesen los egoísmos, los hegemonismos, la insensibilidad, la irresponsabilidad y el engaño porque mañana será demasiado tarde”, resuenan en el mundo con más fuerza que nunca. Hoy podemos comprobar las terribles consecuencias del modo productivo capitalista en los innumerables incendios habidos a lo largo y ancho de otro tórrido y demoledor verano. Numerosos países del Mediterráneo (Turquía, Grecia, Portugal, Italia, pero asimismo el Estado español) han sido pasto desaforado de las llamas. Aquí, en el nuestro, y según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios, con 230 incendios forestales en lo que va de año y una superficie calcinada de más de 400.000 hectáreas. Cifras récord que superan con creces los datos de años anteriores.
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A ti, lector simpatizante de nuestra prensa revolucionaria; A ti, lector anónimo, que sin conocerte sigues expectante nuestra tenaz defensa del comunismo; A ti, lector que por puro azar llega a tus manos esta publicación (la voz de los currantes), que tanta constancia exige para infundirle vigor en esta alienante sociedad capitalista; sepáis todos que las palabras que a continuación se apiñan no son fruto de una reflexión perfectamente meditada; nacen abruptamente de las entrañas de quien suscribe para - una vez más - dejar constancia de lo que es absolutamente insoportable, y en donde el entendimiento (lo opuesto a la sinrazón) es cada día ultrajado por la más abominable barbarie cometida desde tiempos de Adolf Hitler: el genocidio del pueblo palestino a manos del imperialista Tío Sam - que es quien manda - y de su odioso gendarme en Oriente Medio: el sanguinario estado sionista de Israel, los nazis del siglo XXI. Un exterminio perpetrado impunemente ante nuestros ojos despavoridos que, en un repugnante in crescendo del terrorismo de Estado, hace que los adjetivos a emplear pierdan fuerza acusatoria. Mostrando así, que la equidistancia es imposible en esta espantosa tragedia, y que las febriles disquisiciones sobre los orígenes del conflicto árabe-israelí sobran ya, pues el asesino, despiadado e incuestionable, es el bestial sionismo.
¡Insoportable!
Pablo Neruda, poeta, escritor y militante comunista hasta el último suspiro, en su libro antifascista, “España en el corazón”, dejó escrito un poema sobrecogedor titulado “Explico algunas cosas”. En él, exponiendo los horrores de la guerra civil española, el gran poeta chileno dice cosas como estas: “Preguntaréis: Y dónde están las lilas? / Y la metafísica cubierta de amapolas? / Y la lluvia que a menudo golpeaba / sus palabras llenándolas / de agujeros y pájaros? (…) / Venid a ver la sangre por las calles / venid a ver / la sangre por las calles!”. Un rotundo aldabonazo a las conciencias aletargadas, que en el poema de Neruda surge de una tierra de la que “salían hogueras devorando seres”, y de un cielo con aviones, bandidos, moros y duquesas asesinando a niños, mientras por “las calles la sangre de los niños, corría simplemente como sangre de niños”.
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Carlos Marx (el gran filósofo alemán del siglo XIX, economista y revolucionario al que no cesan de enterrar los capitalistas, los gestores de su dictadura y los revisionistas) concluía en sus análisis científicos que el capitalismo contiene las semillas de su propia destrucción. Es decir, las contradicciones inherentes al sistema que conducen a una revolución social y a la transición a una sociedad comunista. Las sucesivas crisis económicas, cada vez más graves, más prolongadas y más próximas unas de otras; la concentración del capital, también cada vez más voraz y en menos manos y la explotación del proletariado (o de los trabajadores, si así prefieren), son los factores, según el de Tréveris, que impulsan la superación del sistema de producción capitalista. Es decir, empujan objetivamente al fin del capitalismo. Una extinción que solo dependerá finalmente del grado de concienciación y organización revolucionarias de esa clase social explotada (la clase obrera) de la que la burguesía obtiene plusvalía. “El destino de las revoluciones nacionales queda supeditado a las revoluciones proletarias”, afirmaba Marx en 1848, cuando vio la luz el Manifiesto Comunista. Premisa, añadimos nosotros, que seguirá siendo válida incluso en las circunstancias imprevisibles que en el futuro puedan deparar las tecnologías más sofisticadas. Nada ni nadie podrá evitarlo. La humanidad, la clase trabajadora, no se dejará aniquilar.
Van a por todas
Y en esas estamos. Las condiciones objetivas (contradicciones intrínsecas al sistema capitalista) que impulsan al fin del capitalismo después de más de dos siglos (XIX y XX) de dominación violenta son cada vez más determinantes. Una dominación, por otro lado, que desde 1916, año en el que Lenin escribió y publicó su libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, se distingue por ser supremacía imperialista. Es decir, por gestar guerras de conquista para controlar y repartirse el mundo, y por organizar el pillaje de sus recursos naturales. El andamiaje del imperialismo se ha cimentado, pues, desde aquel entonces hasta ahora, con masacres, expolios y otras atrocidades. Basta analizar atenta y dialécticamente la historia para corroborarlo. Hoy, en esta fase superior y deleznable del capitalismo, vivimos un momento crucial. Una especie de punto de inflexión en el que, ante la desaparición del “bloque comunista” y el reflujo de las luchas revolucionarias de la clase obrera a causa de esa ausencia, todo le está permitido a los imperialistas y a sus vasallos, entre ellos España.
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- Escrito por José L. Quirante
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