Dolores Gaos González-Pola -Lola Gaos- tendría hoy 100 años. Nació en Valencia y pertenecía a una familia numerosa, culta y republicana. En su juventud soñaba con ser médica, pero la guerra civil y la posterior represión trastocaron sus planes. Tras la muerte de su padre en un campo de concentración francés, siguió a su familia al exilio en Méjico y allí comenzó su carrera teatral.

Trabajó en más de 50 películas con los mejores directores, formó parte de prestigiosas compañías teatrales y fueron muy frecuentes sus intervenciones en obras y series emblemáticas en televisión. Lola Gaos fue una magnífica actriz de papeles secundarios y en su único papel como protagonista en "Furtivos" (1975), una crítica velada al régimen franquista, reveló su admirable talento para la interpretación y obtuvo la Medalla a la mejor actriz protagonista, concedida por el Círculo de Autores Cinematográficos.

Hace unas cuantas columnas contábamos la historia de Tina la de Joécara, y su participación en la conocida como Huelgona de 1962. En ese artículo mencionábamos a su fiel compañera de lucha, Anita Sirgo. Es el momento de conocer su historia.

A Anita la vida se lo puso fácil para crear en ella un carácter luchador. Nacida en 1930 en el seno de una familia minera con un gran compromiso comunista, al final de la guerra civil su padre se tiró al monte y su madre acabó en la cárcel como muchos de sus familiares y personas cercanas. Para ella la lucha no era solo una responsabilidad hacia su clase, también era un asunto personal.

A la corta edad de 9 años ya hacía labores como enlace para la guerrilla y a los 12 es detenida por primera vez. Muchas fueron las tareas para la revolución que llevó a cabo esta mujer como militante comunista, tantas que sería difícil recopilarlas todas. Aunque hay un momento de su vida y de su lucha que la convirtieron una reconocida revolucionaria: La Huelgona.

Cuando la huelga minera del pozo Nicolasa empezaba a volverse tan dura que los mineros comenzaban a flaquear, Anita se negaba a rendirse. Tomó la iniciativa de organizar a las mujeres de los mineros para realizar agitación y piquetes para frenar los relevos de las minas.

En noviembre recibíamos la triste noticia del fallecimiento de una gran escritora y de toda una mujer nueva, Almudena Grandes. Una escritora que tantas veces me ha emocionado, que me ha contado historias que nunca me habían contado de una forma tan intensa y real. La historia de mi gente que tanto cuesta encontrar escrita en páginas.

Quizá las posiciones de Almudena no fueron las más revolucionarias ni las más radicales, pero sí acometió una lucha que pocas personas públicas y referentes en este país se atreven a llevar a cabo, la de la memoria histórica.

Es por esa lucha por la que hoy hablamos de Almudena como un ejemplo de mujer nueva, porque tuvo el valor de colocar en sus obras la historia de los vencidos y las vencidas. Con un arte y una sensibilidad innegable sus obras relatan la historia de un bando, el bando que aún sigue en las cunetas de este país.

A través de gran parte de su obra Grandes relata cómo fueron los años de la guerra civil y de la posguerra para el bando republicano, centrándose especialmente en los y las militantes comunistas y su fundamental papel en esta etapa olvidada de nuestra historia.

En 1917 las mujeres palestinas fueron parte activa en las manifestaciones  contra la Declaración Balfour. Durante el levantamiento palestino contra los británicos en 1936 participaron masivamente tanto en las manifestaciones, como en las operaciones de contrabando de armas y de suministro a la guerrilla.

Las mujeres palestinas han estado presentes y activas en momentos políticos y nacionales fundamentales, no solo como esposas, hermanas o madres, sino también como luchadoras, organizadoras y dirigentes con una capacidad de acción que no se define por su relación con los hombres. Así, no resulta extraño el alto número de dirigentes palestinas con nombre propio en la historia Palestina.

Cuando nace en Nablus el 8 de enero de 1949, Shadia Abu Ghazaleh,  la sociedad palestina había sido desgarrada por la Nakba o la Catástrofe palestina de un año antes. La infraestructura social e institucional creada en las décadas anteriores por el movimiento de mujeres estaba devastada y el camino a la participación en la lucha armada, no solo como soporte de la resistencia o como correos, estaba cimentándose.

“La lucha continuará”, dijo la capitana Lakshmi Sehgal, sentada en su atestada clínica de Kanpur donde, a los 92 años, todavía veía pacientes diariamente,  a la cineasta que grababa un documental sobre su vida.

Revolucionaria nacida en 1914, ligada toda su vida al proceso soberano Indio: como joven estudiante de medicina atraída por la lucha por la libertad; como líder del regimiento de mujeres del Ejército Nacional de la India; como médica en Kanpur entre los refugiados y los sectores más marginados de la sociedad; y finalmente como militante del Partido Comunista de la India y la Asociación de Mujeres Democráticas de Toda India. 

Después de graduarse como médica en el Madras Medical College, en 1938 vio como su familia acomodada se involucraba en la lucha contra el imperio Británico y su representante colonial, el  Raj Británico. Lakshmi,  hasta ahora al margen del INA, escuchó que a los nacionalistas, con Bose a la cabeza, les interesaba reclutar mujeres para la organización.

El 15 de octubre de 1965, un entierro multitudinario recorre las calles de un pueblo minero de Asturias. Pero no se trata de un mero cortejo fúnebre, esta despedida acaba convirtiéndose en una manifestación de la solidaridad y unión en las luchas mineras. Es el entierro de Tina la de la Joécara.

Constantina Pérez, Tina, mostró una gran conciencia de clase y carácter combativo desde la más tierna infancia. No podía ser de otra manera, ya que desde niña sufrió en sus propias carnes los ataques y la represión más feroz.

Con su padre fusilado durante la Guerra Civil y su madre detenida y encarcelada, a Tina y sus hermanos no les quedó más opción que vivir bajo la tutela de su tía.

Gran activista desde la adolescencia tuvo su primer encuentro en primera persona con la represión a los 16 años, cuando por negarse a limpiar los locales de la Falange, la policía le rapó la cabeza.

Nacida en 1915 en Guiamets, se vinculó desde joven a las Joventuts Socialistes Unificades de Catalunya y desde entonces su compromiso y combatividad la acompañaron a lo largo de sus 103 años de vida. Neus sobrevivió al  horror y exterminio de los campos de concentración nazi. Icono de lucha antifascista y de resistencia, su ejemplo cobra vigencia, más si cabe, en tiempos de mentira, negacionismo y acusaciones de delito de odio por señalar a fascistas, racistas o  integristas machistas y ultracatólicos.

En 1939, el  exilio  a Francia junto con 180 niños a su cuidado en la colonia infantil Negrín de Premiá de Dalt. Incorporada a la resistencia francesa desarrolló intensa y activa labor, tanto que acabó detenida por la Gestapo y fue  encarcelada en la prisión de Limoges. Salió  con la mandíbula rota, sujeta con un pañuelo tras los  interrogatorios, con otras presas políticas en trenes infames camino de la deportación al infierno nazi.

Durante la II República se escuchaba una frase referente a las maestras y maestros: “No hay ningún maestro que no tenga algo de revolucionario, ni un revolucionario que no tenga algo de maestro”. La mujer a la cual recordamos hoy no tenía solo un poquito de revolucionaria, pues ella al completo lo era de pies a cabeza.

Se trata de Enriqueta Otero, una maestra nacida en Castroverde en 1910. No fue una maestra corriente pues su pasión por esa profesión la llevó a ser una docente entregada e innovadora, que a través del teatro intentó llevar la cultura al medio rural y allá donde más necesaria fuera.

Es posible que pienses que no debo figurar en esta columna. También es posible que digas ¡ya era hora! Como mujer transexual, en este breve espacio dedicado a mujeres que han luchado contra los postulados sexistas y clasistas de la época que les tocó vivir, mi voz viene a sumarse a la de otras luchadoras.

Hubo un tiempo donde no se trataba de ver quién estaba más oprimida y en competición feroz de construcción de identidades excluyentes. Las luchas de las personas desposeídas, marginadas, explotadas, con diversas opciones sexuales, racializadas, excluidas y discriminadas no sólo por razón de identidad de género sino también por razón de clase social, fueron capaces de confluir.  No tardaría mucho el sistema en ir reconduciendo todo el potencial subversivo y fomentar la hegemonía de la parte burguesa y acomodada de todo ese movimiento. Pero esa es otra historia, la de las clases dominantes, no la de las desposeídas.