Figura 1. Accidentes de trabajo graves y mortales desde el año 2000 hasta el 2021. Elaboración propia a partir de los datos generados por el Ministerio de Trabajo y Economía Social.

El 28 de abril conmemoramos el Día Internacional de la Seguridad y Salud en el Trabajo, en una coyuntura económica en cambio y condicionada por la peligrosa situación actual del capitalismo que requiere que el pueblo trabajador responda de una manera decidida para revertir la tasas crecientes de carga de enfermedad y mortalidad causadas por el medio ambiente en el puesto de trabajo.

Según la estadística de accidentes de trabajo en el avance enero-diciembre de 2021, del Ministerio de Trabajo y Economía Social, se registraron 705 accidentes mortales, que suponen cerca de dos fallecimientos cada día. De ellos, 575 fueron en jornada de trabajo y 130 in itinere. Además, se registraron 572.448 accidentes, de los cuales 3.702 fueron graves, lo que representa unos 10 accidentes graves cada día. Desde el año 2000 hasta el 2007, los accidentes con baja laboral casi alcanzaron el millón de casos, sin grandes cambios, mientras que se observó un leve descenso progresivo en los accidentes graves y mortales en ese periodo (Figura 1). A partir de 2008, se redujeron los accidentes en mayor medida, alcanzando un mínimo de accidentes mortales en el 2013 y de accidentes graves en 2014. Sin embargo, el motivo de tal descenso no fue la implementación de medidas efectivas en salud laboral, sino más bien fue un resultado secundario debido al incremento desmedido del desempleo y reconfiguración del mercado laboral al implementar contra-reformas laborales que sostuvieran al sistema capitalista en sus crisis, cada vez más frecuentes, a costa de la salud del pueblo trabajador. A partir de 2014, cambió la tendencia mostrando aumentos progresivos en los accidentes de trabajo (Figura 1), así como se incrementó la precariedad laboral en sus diferentes aspectos, tales como pérdida y vulneración de derechos, deterioro de las condiciones laborales y aumento de la temporalidad laboral, entre otros.

Los escuadrones neonazis del Partido Sector Derecho, tropa de choque en el golpe de Estado del 22 de febrero de 2014 en Ucrania, desacatan el llamado al orden del Ministe­rio de Defensa. Foto: Russia Today

Cuando los fascistas italianos, encabezados por Benito Mussolini, realizaban su «marcha sobre Roma», que los llevó al poder en Italia en octubre de 1922, pocas personas en el mundo le prestaron atención. Lo vieron como algo exótico, propio del «carácter latino»; solo unos pocos denunciaron alarmados el peligro.

Poco después, en medio de un clima de profunda inestabilidad nacional en Alemania, Hitler y los nazis prepararon su intento de golpe de Estado los días 8 y 9 de noviembre de 1923, inspirados por la exitosa «marcha» fascista italiana.

El conocido como Putsch de la Cervecería fracasó entonces, pero el movimiento llamó la atención de los grandes magnates de la industria y de la alta clase militar y política alemana.

Mientras la serpiente fascista crecía y tomaba fuerza, las principales potencias capitalistas vieron la oportunidad de dirigirla contra la URSS y sacar provecho de la guerra posible. Los monopolios estadounidenses, ingleses y franceses se afilaron las garras.

La gestión capitalista necesita de una mayor dramaturgia, así la irrupción de VOX en la política española es el “lobo” que la oligarquía necesita para perpetuarse en el poder.

Confundir a la clase obrera, con engaños y acusaciones falsas de los auténticos culpables de la situación de supervivencia en la que el capitalismo, en su crisis, somete al pueblo trabajador. Dificulta identificar el carácter reaccionario ultraderechista de esta organización.

¿Cómo podemos reconocerlos entonces? Analizaremos el discurso y sus propuestas.

Etnocentrismo, racismo y xenofobia, rechazan a otras etnias basándose en la supuesta superioridad étnica y cultural, priorizan la que consideran como “su gente” (ya sea en base a la raza, al nacimiento, al color de piel…) sobre las personas que consideran que no lo son. Estos postulados justifican la xenofobia, fomentando el abuso y discriminación contra la población extranjera trabajadora.

 

Pilar Eyre Estrada es una reputada periodista barcelonesa que, hasta ahora, lleva 22 libros escritos. Entre otros asuntos, es especialista en indagaciones acerca de la saga de los borbones, más particularmente en torno al emérito afincado hoy en Dubái bajo la lujosa chilaba de su íntimo amigo el jaque Mohamed bin Rashechad Al Maktoum, dueño éste de un harén con 6 guapísimas mujeres. De esta morbosidad la escritora, con su talento escribidor, hace crecer fabulosamente su cuenta corriente.

Nada que decir de esta trabajadora literaria si no fuera porque en una de sus entrevistas, en el Periódico de Catalunya del 27 de marzo último, dejara caer la ponzoña, a pregunta de Elisenda Pons en “másPeriódico”: ¿Hasta intentar entrar en el PSUC? A lo que contestó: “-Hice un cursillo de cuatro horas, tres veces por semana, para entrar como militante. Creo que era la que lo hacía mejor. La gran humillación de mi vida fue que al final me dijeron: No, tú no, camarada Carlota -mi alias-, porque creemos que hay cierta frivolidad en tu comportamiento. Me dio mucha rabia porque ese mismo partido me hacía ir a recaudar dinero para pancartas y espráis con una minifalda muy corta, y al día siguiente que no recogía mucho, el responsable me decía: “Seguro que hoy ibas con pantalones”.

La presencia permanente de los sectores más reaccionarios de la sociedad al mando del aparato de poder estatal, es una constante en la historia de España. Esta alianza, de tradición terrateniente, católica y contraria al avance de las ciencias, apartó desde bien temprano el avance hacia la modernidad y el desarrollo, durante la etapa de las revoluciones burguesas en Europa, concluyendo durante el último siglo en un Estado burgués, basado en la sobre-explotación, la desigualdad territorial y el atraso social y cultural.

La tradición republicana en España, siempre ligada a propuestas de avance social, nunca ha dejado de confrontar con este bloque dominante reaccionario y sus principios fundamentales.

Si durante la I República se cuestionaba qué fracción de la burguesía tomaba el control del estado, la segunda República, desde un principio, estuvo íntimamente ligada, principalmente, a la lucha de la clase trabajadora campesina y orientada a quebrar la dominación de los grandes propietarios. La centralidad de la clase trabajadora como sujeto revolucionario durante la II República, ahora sí consciente, como clase para sí, se había dado gracias al avance de un movimiento obrero y jornalero forjado tras décadas de lucha contra la patronal y sus pistoleros rompehuelgas, y la dictadura de Primo de Rivera; se quiebra, por tanto, el modelo de dominación de la Restauración. Y fue esa conciencia y la autonomía de la clase trabajadora y sus organizaciones, la que hizo posible atisbar un nuevo paradigma de Estado fundamentado en el poder obrero.

Requerimos mucha calidad en los estudios concretos de la actual situación histórica, que no tiene parangón en la formación del nazi-fascismo. Foto: Fotograma de El Gran Dictador

No hay que esperar a que la burguesía se asuste para que se muestre nazi-fascista. La ideología de la clase dominante posee, de nacimiento, filigranas de odio empapadas en miedo de clase, que trabajan sistemáticamente en todo el espectro, objetivo y subjetivo, de sus dominios.

Actúan permanentemente, en una calle oscura, en un semáforo, cuando se acerca alguien que no usa ropa aceptable, cuando el color de la piel no es como debería ser, cuando se habla distinto, cuando huele a pobreza, cuando la propiedad privada se ve amenazada.

Ahí está el odio-miedo disfrazado de rejas, en puertas y ventanas, disfrazado de perros guardianes, de guardaespaldas y vigilancia zonal humana o con cámaras. Ahí está el odio que les da sentido a sus policías, ejércitos, leyes y políticos asalariados para cuidarle a la burguesía todos sus bienes y sus males. El sentido burgués del odio.

La población civil en Bucha, principal víctima del fascismo en la guerra en Ucrania. Foto: TELESUR

Algunas agencias de prensa y otros grandes medios occidentales se ceban con las informaciones que se producen, aunque estén manchadas de sangre –o que nunca se producen, sino que se inventan– sobre la confrontación bélica en Ucrania.

Los ejemplos diarios de noticias falsas, más que todo, quitan crédito a los medios que las publican, y a los periodistas que las escriben.

Pero también nutren a los líderes occidentales que las esperan, en su afán por desprestigiar a Rusia y justificar el alargamiento de un conflicto que ya debió terminar, en paz y con garantías mutuas, sin intromisiones ni juegos políticos para cercar a Moscú.

La comunidad internacional debe oponerse, «de verdad», a la codicia del complejo militar de Estados Unidos que vende armas, no importa el uso que se les dé, lo mismo para que sus ciudadanos se maten entre sí que para atizar guerras allende los mares, como ocurre hoy en Ucrania o en otras naciones del Oriente Medio.

Muchas de las que llamamos consecuencias económicas de la guerra para Europa o España, son en realidad causas de la misma y cuyo agravamiento ha sido el desencadenante de una desenfrenada escalada bélica en la que EEUU y sus socios europeos se han embarcado en una salida hacia adelante ante la pérdida de peso internacional y la dificultad de mantener la reproducción ampliada en sus economías.

Casi nadie parece recordar que 2014 fue un año en el que la UE y EEUU, endurecieron sanciones contra Rusia en el ámbito financiero, energético y militar y que fue un periodo en el que Rusia se paseó sobre el precipicio de la recesión y que Europa andaba sumida en la gran depresión que se inició con la crisis de 2008.

A estas alturas del conflicto, a pocos se nos escapa la dependencia de la Unión Europea respecto a Rusia en materia energética (principalmente gas) y materias primas.

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