
Ilustración: La Tizza.
Las clases dominantes son tales porque tienen monopolio de los medios de producción, es decir, la dominación es económica.
Cualquier desmontaje de la arquitectura semántica capitalista exige comprender que los signos no flotan en un vacío metafísico, emergen directamente de las condiciones materiales de producción, de las tensiones inherentes a la lucha de clases. La burguesía ha perfeccionado un dispositivo de captura simbólica mediante la naturalización de sus contingencias históricas, lo que ha transformado el lenguaje del despojo en un compendio de axiomas pretendidamente universales.
Frente a esta parálisis cognitiva, la praxis emancipatoria requiere una ofensiva teórica y práctica que devele la violencia material cifrada en cada vocablo hegemónico y restituya a la clase trabajadora su potencia creadora, su autoconciencia histórica. El capitalismo no solo confisca la plusvalía del cuerpo obrero, secuestra la capacidad social de nombrar el porvenir, y confina la imaginación colectiva a los límites estrictos de su mercado de fetiches. Desarticular este monopolio implica ejecutar una hermenéutica de la sospecha radical que fracture el aparato ideológico de la clase dominante, y desnude, con ello, los antagonismos ocultos bajo las nociones burguesas de libertad, progreso, democracia.
Una primera clave para esta ruptura radica en la desfetichización del léxico tecnocrático contemporáneo, diseñado específicamente para suprimir la visibilidad del conflicto social originario. Conceptos como ‘capital humano’, ‘gobernanza’ o ‘resiliencia’ funcionan de modo similar a anestésicos verbales, encargados de transmutar la explotación explícita en variables administrativas pretendidamente neutras. Una perspectiva humanista de raigambre marxista debe impugnar esa neutralidad falaz, y con ello restituir la dimensión existencial, corpórea, que la abstracción mercantil ha cercenado del discurso cotidiano.
La conciencia de clase se solidifica cuando el sujeto histórico reconoce que aquellas categorías presentadas como leyes de la naturaleza constituyen sedimentaciones de poder político acumulado. Al subvertir esta nomenclatura, se restituye al lenguaje su carácter de campo de batalla, lo que impide que la semántica burguesa continúe operando como tribunal supremo de la verdad social. La producción de sentido debe volver a enraizarse en la experiencia vital del proletariado, allí donde el dolor del trabajo enajenado se transforma en potencia organizada de transformación estructural.
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Las fuerzas militares de la OTAN conciben el conocimiento y la mente como un nuevo dominio (como la tierra, el aire, el mar, el espacio y el ciberespacio), lo cual marca la posibilidad de poner en juego un nuevo territorio. || Foto: OTAN
Vivimos en la sociedad del conocimiento, se oye decir hasta la saciedad, pero lo cierto es que el conocimiento ha marcado el signo social en todos los tiempos. Conocer cómo producir el fuego fue un salto civilizatorio esencial en el decursar social humano; dominar la fundición del bronce marcó una época social concreta; lo mismo diríamos de la edad de hierro. La metalurgia del cobre, la del acero, la matemática y la geografía que permitió la cartografía, conocer las leyes de la termodinámica y la máquina de vapor, las de la electricidad y el magnetismo, y los motores, los semiconductores. Toda época humana ha sido crecientemente del conocimiento: nombrar la actual como tal no la hace, ni remotamente, la primera. Para cada habitante de cada época mencionada, el conocimiento era el signo de su tiempo, y cada generación que le siguió creyó que la suya merecía mejor el adjetivo.
Una de las condenas por abandonar el pensamiento analítico, necesariamente crítico, es sustituirlo por lugares comunes entrados de contrabando en nuestra conciencia sin que sea evidente la puerta de entrada. Es la sentencia aparentemente más robusta la que debe ser sometida al escrutinio más feroz. La verdad no se valida por repetición, sino por su contraste sostenido frente a la realidad que describe. Porque toda verdad es, en el fondo, una descripción de alguna realidad.
Lo que sí parece cierto es que vivimos la época en que el conocimiento, de manera directa, se vuelve una mercancía esencial del capitalismo. Un fetichismo más que oculta (otra vez) detrás de un símbolo la raíz de la explotación en esa sociedad. Por más que se repita, una y otra vez, el conocimiento antes para ser ganancia debe realizarse y él, por si solo no se realiza como tal. La venta del conocimiento es una apropiación adelantada de la plusvalía que se extraerá cuando, al ser realizado, aumente la producción concreta de bienes o servicios.
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No parece que la accesibilidad generalizada que nos ofrecen los nuevos bienes culturales pueda calificarse de progreso. La irrupción del aparato técnico-científico en la esfera de la cultura no supone en absoluto un aumento del conocimiento o de la sensibilidad, de la tolerancia y la libertad. El refuerzo de este aparato no fomenta, como aún podía esperar la Ilustración, la emancipación del espíritu humano. Más bien vivimos la experiencia contraria: una nueva barbarie, neoanalfabetismo, empobrecimiento del lenguaje, nueva pobreza, remodelación despiadada de la opinión pública por parte de los medios de comunicación, el espíritu condenado a la miseria y el alma a la obsolescencia1.
Somos testigos de cómo la racionalidad y la moral se derrumban como un castillo de naipes. Parece que la democracia, el liberalismo, el humanismo y la Ilustración han llegado a su fin. Una poderosa combinación de estupidez política (o falsa consciencia), paranoia y violencia está liberando fuerzas nacionalistas, sexistas, racistas y belicistas. Pero es más que una tendencia política. El análisis sociológico de la política fascista y sus votantes será incompleto si no se tienen en cuenta también las estrategias de los empresarios políticos, sobre todo los tecno-billionarios del Silicon Valley.
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La utilización de excusas medioambientales para las invasiones imperialistas yanquis ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia. EE. UU. exterminó a la población indígena y creó reservas naturales para grupos indígenas supervivientes. Esta referencia es fundamental para entender la lógica del intervencionismo eco-imperialista en el planeta. Suelen hablar de cambio climático como si fuera un fenómeno natural, a la hora de exculpar al imperialismo saqueador industrial europeo y norteamericano, que lleva arrasando en su afán de destrucción la biosfera durante más de 150 años. Tras siglos de saqueo del Sur Global, los legendarios saqueadores utilizan el medioambientalismo para evitar la soberanía, para proseguir saqueándolos a través de un barniz de capitalismo verde. Por un lado, las trasnacionales europeas y yanquis intervienen en los conflictos, un ejemplo es las guerras por el coltán en Ruanda y Burundi. Otros casos los encontramos en el genocidio sionista en Gaza, por el control de los yacimientos de gas en la costa, a la que quieren convertir en la maravillosa Riviera, seguro que con una marca de sostenibilidad. Las invasiones a Irak e Irán y la agresión a Venezuela representan guerras por petróleo. Recordemos cuando aparece en todas las pantallas del mundo un ave cautiva del petróleo, cuando el conflicto de Irak en 1990, al igual que las armas de destrucción masiva que sirvieron de pretexto para la invasión yanqui, que se demostró su falsedad: el ave atrapada por el petróleo en el Golfo Pérsico resultó ser una manipulación total, las mentiras forman parte de las guerras híbridas yanquis.
Japón aparece como país de armonía naturalista, que consiste en todo un engranaje: si se corta una flor en un parque se multa, si se tala un árbol es un delito; ahora bien, en Japón desde los años 90 hubo una moda por parte de la burguesía nipona de promover una arquitectura y urbanismo sostenibles a bases de maderas nobles procedentes de las selvas de Panamá, arrasadas por las transnacionales.
Recuerdo hace años un episodio de un programa ecologista de RTVE que se denomina ‘El escarabajo verde’, que consistió en un proyecto de “cooperación” de una empresa vinícola que trataba de convencer a agricultores de uva de mesa en Argelia, país musulmán, para que cultivaran un tipo de uva para la comercialización de una célebre marca de vino en el mercado mundial. En esto consiste la sostenibilidad y la cooperación verdes, más bien verdes por los dólares.
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¿Por qué esta fecha?
El 8 de marzo no siempre fue el Día Internacional de la Mujer, su origen esta vinculado a las luchas obreras. La idea surgió de la Internacional Socialista, donde Clara Zetkin, del Partido Socialdemócrata Alemán, y otras mujeres venían luchando desde 1889 para que se celebrara un día que conmemorara la vida y la lucha de las mujeres trabajadoras. Un día para que se reconociera el papel de las trabajadoras y la función del trabajo doméstico en la creación de riqueza social. Finalmente, en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres en Copenhague, se aprobó la resolución presentada por Zetkin, de fijar un día de lucha específico de la mujer trabajadora. La propuesta fue respaldada unánimemente por la Conferencia, a la que asistían más de 100 mujeres procedentes de 17 países, pero el día en el calendario quedó sin concretar.
Inicialmente las fechas fueron distintas en cada país. El 19 de marzo de 1911, en Austria, Dinamarca, Alemania y Suiza las mujeres socialistas organizaron actos públicos. En 1912, las europeas lo celebraron el 12 de mayo, y en 1913, las rusas conmemoraron la fecha el 8 de marzo. Sobre la fecha definitiva elegida circulan diversas versiones, más o menos vinculadas al movimiento obrero, pero siempre ocultándose, desde la historiografía burguesa, que la elección concreta del 8 de Marzo es inseparable de la Revolución Bolchevique.
En 1917, las trabajadoras rusas organizaron una huelga masiva y manifestaciones por “pan y paz” el 23 de Febrero según el calendario ruso, 8 de Marzo del calendario occidental. Movilizaciones que desencadenaron las luchas más amplias que alumbraron la Revolución Rusa. Fue en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada en 1921, donde se eligió oficialmente el 8 de marzo como fecha para las celebraciones anuales del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Así fue como la fecha se convirtió en un elemento fijo del calendario internacional de luchas y desde entonces ese día es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero.
En 1975 se eliminó toda vinculación de clase a la fecha, cuando la ONU estableció el 8 de Marzo como “Día internacional de la Mujer”, sin hacer referencia a las trabajadoras.
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Comprender los mercados bursátiles debería llevarnos a reconocer, como ha ocurrido hasta ahora, que los mercados odian la incertidumbre. Un evento geopolítico (una guerra, unas elecciones polarizadas, un ataque terrorista) genera incertidumbre sobre el futuro. Esto lleva a los inversores a vender activos de riesgo (como acciones) y refugiarse en activos "seguros" como el oro, el bono gubernamental de EE.UU. o el franco suizo. Esto causa caídas generalizadas.
Sin embargo, actualmente los índices bursátiles están en alza y superan records históricos. También el oro y las materias primas suben sin parar. Todo se compra. Esta aparente desconexión entre la convulsión geopolítica global y los índices bursátiles no es exactamente una paradoja, sino la manifestación perfecta de las contradicciones terminales del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de ser un signo de salud del sistema, este fenómeno revela su putrefacción interna, la hipertrofia del capital financiero y la intensificación del caos geopolítico propiciado por el imperialismo.
La concentración del capital y la dictadura de los monopolios
El primer pilar para entender esta situación es la ley, enunciada por Marx de la concentración y centralización del capital.
La principal razón técnica de los máximos bursátiles es la desproporcionada influencia de un puñado de megacorporaciones tecnológicas (las "Siete Magníficas": Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla), que tienen una proporción dominante en el mercado bursátil, representando aproximadamente un tercio del índice S&P 500 (alrededor del 30-37%) y más de la mitad del Nasdaq.
La tecnología con su tendencia a la transversalidad, alimenta sectores como la energía, el armamento, la ciberseguridad... favorecidos por la locura belicista del imperialismo.
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El capitalismo tiene especial habilidad en debilitar la fuerza de la clase trabajadora. A fin de cuentas, el sistema es consciente de que la principal arma de enfrentamiento y lucha contra la explotación y para la emancipación social es la unidad de la clase.
Por este motivo, se fomenta constantemente la fragmentación. Existe multitud de mecanismos que atentan contra la unidad. Uno de estos es la división técnica laboral oponiendo administrativos vs. operarios, contratos fijos vs. temporales, etc., o la creación de trabajadores de primera y segunda clase mediante la externalización o subcontratación, al tiempo que se amplía la brecha salarial.
Asimismo, el capitalismo ha utilizado históricamente divisiones sociales preexistentes para segmentar el mercado laboral, pagando salarios menores a mujeres, migrantes o minorías étnicas, y enfrentando así a unos grupos con otros. Se promueve la narrativa de que los trabajadores migrantes "roban" empleos o reducen salarios.
En los últimos años, cobra cada vez más fuerza la lucha intergeneracional como alternativa “aceptable” y útil para el sistema, destinada a sustituir a la lucha de clases.
Las etiquetas generación Z, generación X, millennials o baby boomers son denominaciones creadas por el marketing generacional, enfatizando las diferencias de contexto entre ellas e influyendo en su forma de pensar, consumir, trabajar y relacionarse. Esto constituye un elemento más de la guerra cognitiva a la que se enfrenta la clase trabajadora.
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En estos tiempos de inestabilidad política, corrupción generalizada y una distancia abismal de los representantes políticos institucionales con las masas, unido a un Estado cuya única función es favorecer el dominio de los monopolios contra las conquistas obreras y gestionar la crisis del capital, aparecen iniciativas que buscan teñir al Régimen del 78, y a sus partidos, con un manto de “democracia”.
Está circulando una petición dirigida a los partidos de la coalición gubernamental para derogar la Ley Mordaza. Este gesto, aparentemente de presión, desnuda en realidad una dinámica perversa y cíclica: la de unos movimientos sociales que, al limitarse a exigir a la "izquierda institucional", se convierten en comparsa voluntaria de los mismos poderes que dicen combatir. Esta petición muestra la perdida de la potencia política autónoma de la clase obrera y sus organizaciones, que abdican de su papel histórico para asumir el de simple grupo de presión.
El cinismo de la situación es monumental. Los partidos ahora interpelados —PSOE, Sumar y sus socios— no solo incumplieron su promesa electoral de derogar esta ley, sino que la han empleado sistemáticamente contra la propia clase trabajadora y los movimientos sociales. - Palestina, Cádiz, etc.- ¿Qué credibilidad puede tener una exigencia dirigida a los mismos arquitectos y beneficiarios de la represión? Esta petición opera en el mismo plano ilusorio que pretende mejorar el "tejido democrático" sin cuestionar el andamiaje represivo del Estado, reforzando así, aunque sea de forma involuntaria, la legitimidad de un régimen que necesita de leyes como la Mordaza para perpetuarse.
El núcleo de la crítica no reside en el objetivo concreto —la derogación es una demanda justa y necesaria— sino en la lógica política de la súplica. Al transformar una lucha popular en un "recordatorio" de promesas a partidos institucionales, los movimientos firmantes caen en la trampa de buscar una acción propositiva dentro del marco establecido, cediendo así su iniciativa. La exigencia de que estos partidos asuman el coste de las multas, calculado según su representación parlamentaria, es la culminación de esta deriva. Reduce la lucha contra la represión a una mera cuestión contable y presupuestaria dentro de la lógica del Régimen del 78, alejándose de una confrontación política real.
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La huelga general ha sido, a lo largo de la historia del movimiento obrero, una de las formas más contundentes y radicales de protesta colectiva. Desde un enfoque marxista, no se trata simplemente de una interrupción del trabajo, sino de una expresión política de las masas trabajadoras que busca cuestionar las bases mismas del orden capitalista. En este artículo se analiza la huelga general como instrumento de lucha, considerando su fundamento teórico en los principios del socialismo científico, su desarrollo histórico y su vigencia en las luchas contemporáneas.
- El marco teórico marxista
Marx y Engels no dedicaron un tratado específico a la huelga general, pero en sus escritos se encuentra una comprensión profunda de la lucha de clases como motor de la historia. El proletariado, la clase obrera, no posee propiedad sobre los medios de producción y debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta relación de explotación constituye la esencia del capitalismo. En este contexto, la huelga no es un acto aislado, sino una manifestación del conflicto estructural entre burguesía y masas trabajadoras.
Marx señaló en El Capital que la resistencia de los trabajadores frente a la explotación no solo es natural, sino necesaria. La huelga parcial, sectorial o local puede mejorar condiciones salariales o laborales puntuales, pero la huelga general trasciende lo económico y adquiere una dimensión política. Al paralizar la producción, la circulación de mercancías y los servicios esenciales, la clase obrera demuestra su poder como fuerza productiva central del sistema y, al mismo tiempo, visualiza la debilidad del capitalismo.
- De la huelga económica a la huelga política
No es redundancia, es necesidad de insistir hasta su comprensión: desde una perspectiva marxista, existe una diferencia fundamental entre la huelga económica y la huelga política. La primera busca reformas dentro del sistema: aumento de salarios, reducción de la jornada laboral, mejoras en la seguridad social, etc. Desde esta no se cuestiona el sistema. La segunda, en cambio, apunta a transformar la estructura misma del poder. La huelga general, cuando es convocada con objetivos revolucionarios o de gran envergadura social, se convierte en una huelga política.
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