El capitalismo tiene especial habilidad en debilitar la fuerza de la clase trabajadora. A fin de cuentas, el sistema es consciente de que la principal arma de enfrentamiento y lucha contra la explotación y para la emancipación social es la unidad de la clase.

Por este motivo, se fomenta constantemente la fragmentación. Existe multitud de mecanismos que atentan contra la unidad. Uno de estos es la división técnica laboral oponiendo administrativos vs. operarios, contratos fijos vs. temporales, etc.,  o la creación de trabajadores de primera y segunda clase mediante la externalización o subcontratación, al tiempo que se amplía la brecha salarial.

Asimismo, el capitalismo ha utilizado históricamente divisiones sociales preexistentes para segmentar el mercado laboral, pagando salarios menores a mujeres, migrantes o minorías étnicas, y enfrentando así a unos grupos con otros. Se promueve la narrativa de que los trabajadores migrantes "roban" empleos o reducen salarios.

En los últimos años, cobra cada vez más fuerza la lucha intergeneracional como alternativa “aceptable” y útil para el sistema, destinada a sustituir a la lucha de clases.

Las etiquetas generación Z, generación X, millennials o baby boomers son denominaciones creadas por el marketing generacional, enfatizando las diferencias de contexto entre ellas e influyendo en su forma de pensar, consumir, trabajar y relacionarse. Esto constituye un elemento más de la guerra cognitiva a la que se enfrenta la clase trabajadora.

En estos tiempos de inestabilidad política, corrupción generalizada y una distancia abismal de los representantes políticos institucionales con las masas, unido a un Estado cuya única función es favorecer el dominio de los monopolios contra las conquistas obreras y gestionar la crisis del capital, aparecen iniciativas que buscan teñir al Régimen del 78, y a sus partidos, con un manto de “democracia”.

Está circulando una petición dirigida a los partidos de la coalición gubernamental para derogar la Ley Mordaza. Este gesto, aparentemente de presión, desnuda en realidad una dinámica perversa y cíclica: la de unos movimientos sociales que, al limitarse a exigir a la "izquierda institucional", se convierten en comparsa voluntaria de los mismos poderes que dicen combatir. Esta petición muestra la perdida de la potencia política autónoma de la clase obrera y sus organizaciones, que abdican de su papel histórico para asumir el de simple grupo de presión.

El cinismo de la situación es monumental. Los partidos ahora interpelados —PSOE, Sumar y sus socios— no solo incumplieron su promesa electoral de derogar esta ley, sino que la han empleado sistemáticamente contra la propia clase trabajadora y los movimientos sociales. - Palestina, Cádiz, etc.- ¿Qué credibilidad puede tener una exigencia dirigida a los mismos arquitectos y beneficiarios de la represión? Esta petición opera en el mismo plano ilusorio que pretende mejorar el "tejido democrático" sin cuestionar el andamiaje represivo del Estado, reforzando así, aunque sea de forma involuntaria, la legitimidad de un régimen que necesita de leyes como la Mordaza para perpetuarse.

El núcleo de la crítica no reside en el objetivo concreto —la derogación es una demanda justa y necesaria— sino en la lógica política de la súplica. Al transformar una lucha popular en un "recordatorio" de promesas a partidos institucionales, los movimientos firmantes caen en la trampa de buscar una acción propositiva dentro del marco establecido, cediendo así su iniciativa. La exigencia de que estos partidos asuman el coste de las multas, calculado según su representación parlamentaria, es la culminación de esta deriva. Reduce la lucha contra la represión a una mera cuestión contable y presupuestaria dentro de la lógica del Régimen del 78, alejándose de una confrontación política real.

La huelga general ha sido, a lo largo de la historia del movimiento obrero, una de las formas más contundentes y radicales de protesta colectiva. Desde un enfoque marxista, no se trata simplemente de una interrupción del trabajo, sino de una expresión política de las masas  trabajadoras que busca cuestionar las bases mismas del orden capitalista. En este artículo se analiza la huelga general como instrumento de lucha, considerando su fundamento teórico en los principios del socialismo científico, su desarrollo histórico y su vigencia en las luchas contemporáneas.

  1. El marco teórico marxista

Marx y  Engels no dedicaron un tratado específico a la huelga general, pero en sus escritos se encuentra una comprensión profunda de la lucha de clases como motor de la historia. El proletariado, la clase obrera, no posee propiedad sobre los medios de producción y debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta relación de explotación constituye la esencia del capitalismo. En este contexto, la huelga no es un acto aislado, sino una manifestación del conflicto estructural entre burguesía y masas trabajadoras.

Marx señaló en El Capital que la resistencia de los trabajadores frente a la explotación no solo es natural, sino necesaria. La huelga parcial, sectorial o local puede mejorar condiciones salariales o laborales puntuales, pero la huelga general trasciende lo económico y adquiere una dimensión política. Al paralizar la producción, la circulación de mercancías y los servicios esenciales, la clase obrera demuestra su poder como fuerza productiva central del sistema y, al mismo tiempo, visualiza  la debilidad  del capitalismo.

  1. De la huelga económica a la huelga política

No es redundancia, es necesidad de insistir hasta su comprensión: desde una perspectiva marxista, existe una diferencia  fundamental entre la huelga económica y la huelga política. La primera busca reformas dentro del sistema: aumento de salarios, reducción de la jornada laboral, mejoras en la seguridad social, etc. Desde esta no se cuestiona el sistema.  La segunda, en cambio, apunta a transformar la estructura misma del poder. La huelga general, cuando es convocada con objetivos revolucionarios o de gran envergadura social, se convierte en una huelga política.

Bajo la lógica capitalista, la relación entre la burguesía y el proletariado, a pesar de que la fuerza de trabajo constituye una mercancía, no es una mera transacción comercial equitativa. Es, en su esencia, una relación de explotación estructural. La acumulación de capital no se genera por arte de birlibirloque, sino a través de mecanismos de extracción de valor y riqueza de quienes la producen: la clase trabajadora.

Esta lista no constituye «numerus clausus» y menos un orden jerarquizado. Desgranamos diez formas habituales en que el sistema roba a la clase obrera, consolidando su dominación.

1. La plusvalía: la piedra angular.

La plusvalía es el mecanismo fundacional. Según la teoría del valor-trabajo de Marx, el valor de una mercancía lo determina el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. El capitalista compra una mercancía muy peculiar: la fuerza de trabajo del obrero. Su "valor" es el costo de su subsistencia y reproducción (comida, vivienda, etc.). Sin embargo, la fuerza de trabajo tiene la capacidad única de crear más valor del que cuesta mantenerla.

Si un trabajador produce su salario en 4 horas, pero trabaja 8, las 4 horas restantes son trabajo excedente, plusvalía, la fuente primaria de beneficio. Es el robo legalizado y sistematizado por excelencia.

2. Expolio salarial.

Más allá de la plusvalía estructural, el capitalista busca apropiarse de parte del trabajo necesario (el de su mantenimiento y reproducción), pagando por debajo de su valor. Salarios que no alcanzan para la canasta básica, extensión encubierta de la jornada laboral, impago de horas extras… Esto constituye un robo doble: intensifica la explotación, pero además, desde la propia "justicia" burguesa, se viola su propio contrato legal.

El “bonapartismo” fue acuñado por Marx y Engels1  para describir el mecanismo de ascenso de un personaje mediocre al poder mediante un golpe de Estado y el apoyo de las masas sociales: Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III) el 2 de diciembre 18512 . El bonapartismo en el poder hoy en día solo puede ser el gobierno del capital financiero y digital, presente el 20 de enero 2025 en la investidura de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Allí, en la tribuna de las personalidades rindiéndole pleitesía al nuevo Bonaparte estaban Marc Zuckerberg, Elon Musk, Jeff Bezos, Tim Cook y toda la élite del capitalismo estadounidense.

Pero el que de verdad mueve los hilos del cambio político no está en esa foto. Él los recibió en su mansión de Washington el día antes en una fiesta con los billonarios del Silicon Valley, políticos y futuros ministros, con el vicepresidente J. D. Vance y el hijo de Trump. Como si él hubiera ganado las elecciones. Efectivamente, Peter Thiel había ganado su apuesta por Donald Trump y un gobierno bajo el mando del más radical turbo-capitalismo.

¿Quién es Peter Thiel? El hombre que creó junto con Elon Musk la plataforma de pago online PayPal (1999), que ganó mucho dinero con Facebook (2006) y fundó Palantir (2003). El mismo que financiaba con muchos millones la carrera política de J. D. Vance y que actúa según sus fuertes convicciones, tanto éticas como políticas: era antiwoke antes de que existiera la palabra woke, quería destruir el Estado antes de que Elon Musk se presentara con su motosierra regalada por Milei; es Peter Thiel quien  afirma: “libertad y democracia son incompatibles”.

No fue nada casual o esporádico. Pronto empezó a construir una red de personas que congeniaran con él, que compartieran sus ideas antidemocráticas y autoritarias. Lo que hoy en día se conoce como la “PayPal-mafia” no son solo los que crearon la plataforma de pago, sino también antiguos amigos de la universidad, socios financieros, además de cristianos radicales y filósofos neofascistas como Nick Land y Curtis Yarvin (Ilustración Oscura)3 . Este último anticipó las ideas que Trump realiza con sus órdenes ejecutivos: el proyecto RAGE (Retire All Government Employees) lo llevó a cabo Elon Musk con DOGE. En 2018 Yarvin propuso deportar la población de Gaza y construir un resort turístico. ¿Recuerdan el video “What’s next?”, de Donald Trump en febrero de 2025?

El código cultural del capitalismo y el adoctrinamiento de Occidente

El capitalismo no es solo un sistema económico, es un proyecto de civilización. Samir Amin lo deja brutalmente claro. El auge de la modernidad capitalista no solo transformó los mercados, sino que reconfiguró la cultura. Fabricó una visión del mundo en la que la codicia es racional, el individualismo es sagrado y Europa es el destino. No fue un efecto secundario. Fue una estrategia. Para dominar el mundo, el capital no solo necesitaba armas y barcos, sino también historias, símbolos, hábitos y ética. Necesitaba una cultura de conquista disfrazada de sentido común.

Amin apunta al andamiaje ideológico que el capitalismo construyó para sí mismo: el culto al individuo, el mito del progreso, la celebración de la racionalidad. Demuestra que estas no eran verdades eternas a la espera de ser descubiertas, sino inventos burgueses, forjados en los hornos de la clase capitalista emergente de Europa. El llamado “declive de la metafísica” no fue una liberación del dogma, sino la sustitución del absolutismo religioso por los dogmas seculares del beneficio, la productividad y la propiedad. El viejo sacerdote fue sustituido por el economista. El altar, por el banco.

Esta revolución cultural no fue neutral. Trajo consigo una antropología particular: el hombre como homo economicus, la sociedad como mercado, la libertad como elección del consumidor. Y detrás de todo esto estaba Europa, el sujeto autoproclamado de la civilización, que se presentaba a sí misma como la portadora natural de los valores modernos. El protestantismo, el racionalismo secular y el liberalismo fueron elevados como los estándares universales del desarrollo humano. ¿Y todos los demás? Seguían atrapados en la tradición, la emoción, el misticismo. Seguían esperando a que los sacaran a la luz.

El marxismo occidental, como muestra Amin, a menudo bebió del mismo pozo envenenado. A pesar de que atacaba al capitalismo económicamente, con frecuencia interiorizaba su cosmovisión cultural. Pensemos en cuántos marxistas rinden culto al altar de la historia europea, citando 1848, 1871 y 1917 como las únicas revoluciones que importaron, mientras tratan la Revolución Haitiana, la Rebelión Taiping, los zapatistas o la Conferencia de Bandung como notas al pie. Pensemos en cuántos siguen tratando la democracia liberal como una etapa natural, o el socialismo como una mejora técnica de la modernidad occidental, en lugar de una ruptura con su esencia.

La cuestión no es que el marxismo sea intrínsecamente eurocéntrico. Es que, en manos de intelectuales europeos que se negaban a romper con su entorno imperial, el marxismo a menudo se veía despojado de su fuerza, descolonizado solo de nombre. Amin no rechaza a Marx, lo purifica. Devuelve el materialismo histórico a sus raíces antiimperialistas. Nos recuerda que la cultura no es un telón de fondo de la lucha de clases, sino su terreno. El aula, la iglesia, el periódico, la familia, el museo... todos se convirtieron en campos de batalla para moldear al sujeto capitalista.

Una reseña revolucionaria de Eurocentrismo: modernidad, religión y democracia, de Samir Amin. El eurocentrismo no es un defecto, es el software del capitalismo global. Samir Amin detona su núcleo ideológico, exponiendo cómo sirve al imperio, blanquea la historia e infecta incluso la tradición marxista. Esta revisión no es solo una crítica, es una insurgencia.

El imperio piensa en mapas, no en mitos

El eurocentrismo no es un sesgo. Es un sistema operativo. Una lógica planetaria de guerra, riqueza y supremacía blanca codificada en el lenguaje de la modernidad. Samir Amin no lo aborda como un malentendido cultural o un narcisismo euroamericano que olvidó revisar sus privilegios. Lo aborda como un revolucionario que examina la arquitectura del amo, rastreando cómo Occidente construyó su cosmovisión para justificar una estructura global de robo. Porque esto es lo que es el eurocentrismo: la cobertura ideológica para la conquista imperial. Es el mapa que dibuja el imperio para convencerse a sí mismo de que descubrió el mundo que robó.

Desde el principio, Amin nombra a su enemigo. No es Europa como continente ni los europeos como individuos, sino el sistema de pensamiento que coronó a Europa como sujeto de la historia mundial y relegó al resto de la humanidad a mero ruido de fondo. Este eurocentrismo no es solo académico. Es activo. Nos dice quién inventó la razón. Quién descubrió la democracia. Quién tiene cultura y quién solo tiene tradición. Quién merece la soberanía y quién debe ser educado con ataques con drones. Cada vez que un periodista occidental explica la pobreza de África citando el tribalismo en lugar del ajuste estructural, o un historiador trata 1492 como el amanecer de los tiempos, o un marxista occidental da lecciones al Sur Global sobre las etapas históricas, están haciendo el trabajo del eurocentrismo. A veces con chaquetas de tweed. A veces con chalecos antibalas.

La intervención central de Amin es destruir la ilusión de que la desigualdad del mundo tiene su origen en el atraso cultural. Él llama a esta mentira “culturalismo”: la idea de que Occidente se levantó porque era racional, inventivo, progresista, y que los demás se quedaron atrás porque eran estancados, místicos, irracionales. ¿Te suena familiar? Debería. Es la columna vertebral de todos los informes del FMI, todas las epopeyas históricas de Hollywood y todas las campañas de recaudación de fondos de las ONG liberales. El culturalismo es la forma en que el capitalismo elude su propia historia manchada de sangre. Sustituye la conquista por la competencia, el saqueo por el progreso. Y la izquierda occidental, como muestra Amin, ha repetido a menudo estos mitos, disfrazándolos de dialéctica, pero sin abandonar nunca el mapa.

Guerra, sobreexplotación y autoritarismo. Estos son los ejes fundamentales de la agenda política de la oligarquía. Y son aplicados por los gobiernos de turno, sean los que sean, de una u otra tendencia, no importa su color, tan solo que dispongan de la legitimidad necesaria que el relato del poder les pueda proporcionar, es decir, que la narrativa del contexto facilite su objetivo final. Moderados, liberales, progresistas, conservadores, de extrema derecha, derecha antiinmigración, posfascistas, neofascistas o como se les quiera llamar, todos ellos aplicarán la agenda de violencia y represión con las que garantizar el poder oligárquico.

Desde hace más de una década, tras el último crack financiero, cuando se hace ya patente el carácter general de la crisis del capitalismo, el modelo entró en una fase de irreversible decadencia que solo puede enfrentar con más violencia y depredación, si cabe. Ha hecho falta adecuar la representación política y, más aún, la subjetividad dominante, para dar así cobertura a la guerra, el genocidio, la represión, la sobreexplotación, la liquidación de derechos y, naturalmente, sus necesarias consecuencias: la caída del nivel de vida, las crisis humanitarias y medioambientales, etc. Si tras el 2008 todo era reformular el capitalismo, durante la siguiente década, poco a poco, y no siempre con el mismo éxito, pero sí con mucha eficacia, hemos llegado, actualmente, al escenario deseado de extrema derechización de la política y fascistización sociológica. Finalmente, estamos instalados en un espectro más autoritario, funcional y disciplinado con los intereses del imperialismo occidental dominante.

Lo que se acusa como narcoestado en contextos democráticos, populares y antimperialistas responde a una arquitectura de manipulación en la que el signo, el símbolo y la semiosis son utilizados para justificar desestabilización, intervención o aniquilación política

¿Qué se oculta tras el significante narcoestado? Desde los dispositivos del imperialismo mediático y sus maquinarias de guerra simbólica, que integran un arsenal de dominación, el epíteto de narcoestado ha sido resignificado, instrumentalizado. No se trata simplemente de una categoría que describe una forma de gobierno penetrado por circuitos de narcotráfico, sino que ha sido reconfigurada como arma semiótica estratégica.

Lo que se acusa como narcoestado en contextos democráticos, populares y antimperialistas responde a una arquitectura de manipulación en la que el signo, el símbolo y la semiosis son utilizados para justificar desestabilización, intervención o aniquilación política.

No se trata de negar la existencia del narcotráfico ni de ocultar sus vínculos con estructuras estatales. Se trata de no permitir que el imperialismo convierta ese fenómeno complejo en un arma de transferencia y ocultamiento de sí. No se puede enfrentar sólo con argumentos, sino con organización política, formación crítica y batalla simbólica.

Esa operación no nace de un análisis riguroso ni de una voluntad real de lucha contra el crimen trasnacional, sino de la dictadura geopolítica y comunicacional del imperio interesado en fabricar enemigos funcionales.

Es una categoría cuya performatividad no reside sólo en su contenido empírico, sino en su capacidad de operar efectos en la subjetividad pública:

  • instalar la sospecha,
  • deslegitimar gobiernos populares,
  • justificar bloqueos económicos,
  • promover sanciones internacionales
  • y allanar el camino a golpes blandos, duros o híbridos.

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