Determinada por la crisis estructural del capitalismo, la realidad viene marcada por crecientes cotas de explotación que se traducen en un incremento galopante de la pobreza. Paro, precariedad y desvalorización de la fuerza de trabajo, unidas a una desbocada inflación, hacen que crezca la exclusión social y que hasta a las familias con trabajo les sea cada vez más difícil llegar a final de mes.

Traducido a la realidad material de la clase trabajadora, esto supone un constante quebradero de cabeza en torno a: sueldos de miseria, incumplimiento de convenios, carestía de la vida (suministros, cesta de la compra), vivienda, movilidad…que objetivamente, y a pesar de la alienación derivada de la pérdida de conciencia en la que se encuentra instalada una gran parte del pueblo trabajador, hace que crezca el descontento de amplios sectores de la población.

En esta situación, el Capital engrasa al fascismo y acrecienta la explotación y la violencia para gestionar su única preocupación que es mantener el ciclo de reproducción ampliada del capital. Hace su tarea, defiende sus intereses de clase.

¿Y la clase trabajadora?

Consecuencia del Pacto Social en el que la sitúa el reformismo político y sindical, se halla inserta en un preocupante proceso de desorganización y desmovilización que afecta a su capacidad de respuesta.

La primera escena de Hap & Leonard ya nos indica que estamos ante una serie que ubica a los personajes en una posición distinta a la común en las series de televisión. Los dos protagonistas de la serie, Hap y Leonard, que trabajan cortando tallos de rosas en una pequeña ciudad de Texas son despedidos en esta primera escena ante la llegada de inmigrantes ilegales más baratos. Estructuralmente es la típica escena que sirve para poner en marcha la trama de cualquier policial: los protagonistas han de encontrarse en un “no lugar” dentro del mundo. Es decir, el héroe debe estar fuera de la lucha de clases y, no obstante, verse afectado por ella. Normalmente, este no lugar puede ocuparse, según la matriz político ideológica desde la que se escriba, por un policía (si se sustenta en la aparente neutralidad del Estado, por ejemplo, en el llamado noir nórdico) o por un detective privado (tan habitual en la tradición liberal que sospecha tanto del Estado).

Hap y Leonard ocupan un tercer “no lugar”: la exclusión. Desde la primera escena, ambos engrosan esa parte de parados, del ejército de reserva, que siquiera sirven para tensionar a la baja los salarios y las condiciones laborales del resto de trabajadores, sino que sobreviven fuera del sistema productivo formal. Forman parte de lo que se ha venido a llamar población sobrante, aquellos, inservibles para la producción, cuya importancia relativa para el sistema es el puro consumo en la miseria relativa. Fijaos, cuando la veáis, en la obsesión con una marca de galletas de Leonard.

Esta exclusión de la producción, no de la economía, viene acompañada de otras posiciones marginales. Los dos son huérfanos, Leonard es negro y homosexual, Hap fue un insumiso a la guerra de Vietnam que terminó en la cárcel.

Nos dicen que nos encontramos en el momento con menos paro de las últimas décadas,  recientemente, nuestros agentes sociales han logrado con mucho esfuerzo una subida del salario mínimo. Enhorabuena, podemos felicitarnos si no fuera porque se trata de un mensaje para ocultar el terrible deterioro de las condiciones de vida que sufre la clase obrera, inflación disparada, la precariedad es mayor que antes, el coste de la vida ha subido y el poder adquisitivo ha bajado… sí, cada vez más  la “clase media” lleva una libre y frugal vida de pobre.

 Todo esto valdría para una broma, sin embargo, no se trata de un meme, ni de uno de esos chistes que proliferan por los grupos de whatsapp. Es más real que un film de Fernando León de Aranoa, trabajando lo mismo somos cada vez más pobres. Naturalmente, la riqueza es una variable relativa, y de manera directamente proporcional, cuanto más pobres somos nosotros, más ricos son los ricos, es lo que se llama lucha de clases, aunque en honor a la verdad, dado que una de las clases está desorganizada y desmovilizada para sí misma, absolutamente alienada y hundida en un sueño de ansiedad, depresión y mezquinas aspiraciones, más que lucha de clases habría que decir paliza de clases.

Cuando el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, se presentó sin mascarilla en la Conferencia Legislativa de Sindicatos de la Construcción de América del Norte, y allí aseguró: «si tengo que ir a la guerra, iré con ustedes, lo digo en serio», su país tenía ese mismo miércoles, 6 de abril, 8 214 nuevas muertes y 446 871 contagios por la COVID-19.

Sigue Estados Unidos marcando la pauta mundial en ambos indicadores negativos, con 705 284 fallecidos y 43 950 779 personas contagiadas. Pero de esa guerra silenciosa que mata y mutila, cada día se habla menos en los grandes medios.

Resulta que desde la guerra en Ucrania y la cruzada contra Rusia, organizada por el gobierno de Biden, la pandemia ha pasado a otros planos de atención y, más aún, la información a la población estadounidense ha ido en picada.

En su discurso, el mandatario aseguró que «EE. UU. seguirá apoyando a Ucrania y al pueblo ucraniano, y que esta lucha está lejos de terminar».

Luego informó que su administración continúa «suministrando a Ucrania las armas y los recursos necesarios», y se mostró complacido al anunciar que firmó «otro paquete para enviar más misiles Javelin (...), para seguir consiguiendo un suministro ininterrumpido al ejército ucraniano».

A su vez, prometió incrementar aún más las sanciones y el aislamiento económico contra Rusia.

Sin mascarilla estaba el 24 de marzo de 1999 el entonces presidente de Estados Unidos, William Clinton –demócrata  también–, cuando ordenó –sin consultar a la ONU–, bombardear a Yugoslavia, matar a miles de civiles, usar armas prohibidas como el uranio empobrecido y provocar la desintegración de ese país.

Tan imprescindibles como ausentes en este momento, ambas son realidades directamente vinculadas al desarrollo social que propicia la lucha de clases y por eso nos ocupamos tan a menudo de ello. Interpretándola en su totalidad, nuestra responsabilidad es transformar la realidad actual, no solo situando el programa para ello, sino propiciando también las dinámicas necesarias para que el pueblo trabajador protagonice el papel histórico que le corresponde.

Por un lado, nos referimos al hecho práctico y concreto de intervención de la militancia revolucionaria con sectores del pueblo movilizados por sus intereses y necesidades y, por otro, del propio ejercicio de participación colectiva de esos sectores.

Dos procesos diferentes, pero tan dependientes que, definitivamente, no existe el uno sin el otro y que necesariamente se sitúan en el centro de cualquier análisis concreto de la realidad sobre la que intervenimos.

Dicho claramente, más allá de proclamas más o menos altisonantes y mejor o peor elaboradas, la realidad que sitúa la “verdad” de un proyecto revolucionario es su vinculación con las masas y la capacidad de dirigirlas hacia experiencias ciertas de creciente protagonismo social.

 

Durante las actividades de presentación de la ILP (Iniciativa Legislativa Popular ) de Recuperación y Desprivatización del Sistema Nacional de salud, que se vienen desarrollando estos días, conversamos brevemente con Juan Antonio Gómez Liébana. El compañero de CAS estatal desgrana en su charla el proceso lento y constante que desde los años 80 del siglo pasado se ha ido dando para la privatización de la sanidad pública. También nos habla de las alternativas y de un modelo sanitario público al servicio del pueblo trabajador y de las experiencias de lucha y resistencia frente a la privatización y el desmantelamiento de los sistemas públicos de salud. Aquí os dejamos un avance.

https://recuperatusanidad.org/

https://firma.recuperatusanidad.org/

Las corporaciones mediáticas como parte del ejército de la Otan al servicio del imperialismo silencian otros medios para manipular a los pueblos. Así blanquean cuando no justifican el fascismo.

Por esta razón difundimos este interesante vídeo de ahí les va con datos objetivos sobre la cuestión

#NoaLaOtan

#DerrotemosAlfascismo

#UnidadyLucha

#PCPE

 

Juana Ruíz, cooperante de la ONG sanitaria palestina “Comités de Trabajo para la Salud”, arrestada en su casa de Beit Sahur el pasado 13 de abril y condenada a 13 meses de cárcel por el Estado sionista de Israel, por fin ha sido liberada tras la revisión de la petición de puesta en libertad, al haber cumplido dos tercios de la condena.

Una condena coercitiva e intimidatoria, en este caso de una cooperante española condenada supuestamente por “prestar servicios a una organización ilegal” y por “tráfico de divisas en Cisjordania”. Cortina de humo que pretende servir como escarmiento y como forma de criminalizar el apoyo al pueblo palestino ya sea tanto para la ilegalización de organizaciones que lo apoyan, como para la legitimación del propio Estado israelí.

La realidad de Juana no es una excepción, pues se calcula que existen más de 4.600 presos y presas políticos en las cárceles israelíes, de los cuales hay más de 180 menores de edad. Cárceles en las que hay múltiples denuncias de torturas y vejaciones, desatención sanitaria (incrementada desde el inicio de la pandemia), aislamiento y demás inquisitoriales tratos.

Pero la represión del Estado de Israel va mucho más allá, con un apartheid permanente que incluso la herramienta imperialista Amnistía Internacional señala:

El filósofo húngaro Georg Lukács afirmó provocador que siempre que se ponía de moda Nietzsche había que echarse a temblar. Aunque el pensador alemán permitió la interpretación de la relación entre poder y moral, su obra presenta dos de las armas ideológicas preferidas de las clases dominantes. Por un lado, cancela la posibilidad de un conocimiento científico en cuanto cualquier afirmación escondería un interés de dominación. Por otro, Nietzsche hace una defensa indisimulada de un aristocratismo que sostiene la necesidad de una masa de esclavos para que los grandes espíritus puedan realizar su tarea sublime. Nietzsche además denuncia que esta masa inferior, esta raza de esclavos, se rebela por resentimiento contra estos aristócratas del espíritu que no se someten a su moral de esclavos. La masa resentida, el comunismo sería una muestra de ello, lucha contra todo lo superior y desea su exterminio de un modo que se emparenta con las referencias a la envidia como motivación de cualquier política de izquierdas, incluidas las más reformistas.

La merecidamente premiada El poder del perro construye una perfecta parábola del aristocratismo nietzscheano y de su profundo desprecio por las clases populares. En principio la película parece un western atípico: no hay tiroteos ni combates entre cuatreros o indios, buenos o malos salvajes, ni sucios saloons.

Subcategorías

ESTO SON LOS DETALLES DE LA CATEGORÍA "Actualidad"

uyl_logo40a.png