“Lo vivo mal porque me cuesta vivir en esta diatriba de dejar a los míos en manos de otra persona para poder cuidar de otros, yo no sé pero a me afecta bastante esta ambivalencia… me lo tendré que trabajar, fuera de la pandemia y demás, porque va implícito dentro de nuestro trabajo y nuestra vocación de de cuidado que tenemos los sanitarios en general”.

Natalia vivió la primera ola con un importante estrés y ansiedad porque a toda la carga asistencial, a la humedad, a tener que estudiar y enfrentar una patología nueva, se añadió el confinamiento en casa y los niños sin colegio y sin capacidad de reaccionar, sin que se facilitaran ayudas para conciliar. Se prohibieron todo tipo de permisos o excedencias por cuidado de familiares, en su caso ambos progenitores son sanitarios y la situación se complicaba en exceso,…”se presuponía que teníamos que estar dispuestos a dar el do de pecho y tener que trabajar muchísimo más de lo que nos correspondería, incluso en este tipo de situaciones. Se presuponía que teníamos que doblar turnos, aumentar las horas de guardia, etc., pero la realidad es que teníamos a nuestros menores a cargo descuidados porque además en nuestro caso y en el caso de muchos compañeros los recursos que teníamos eran familiares de alto riesgo, con lo cual los desechamos de la ecuación, complicando muchísimo más toda la situación”.

“La diferencia fundamental entre las tres olas, la primera por novedosa y porque había que hacer, estábamos ante un tragedia sin comparación, pues había que tirar pa,lante con lo que fuera, la segunda ola hubo mucha rabia, mucho enfado y la tercera ola lo veo como que es abatimiento”.

Natalia Flores Amador es lo que se ha dado en llamar personal de primera línea, una trabajadora que en la pandemia el poder descubrió y publicitó como esencial, y a la que más allá de definir como heroína y algún reconocimiento o aplauso público las administraciones han abandonado a su suerte en todas las fases, poéticamente declaradas “olas”, tal como ella misma nos cuenta, el personal sanitario ha sufrido un revolcón tras otro en esta marejada llamada COVID.

Los anticonceptivos hormonales supusieron un gran avance en la libertad sexual de la mujer, su legalización en España supuso el control de las mujeres sobre sus cuerpos. Pero detrás de este gran avance se escondían algunos de los mayores ataques contra la mujer.

Si bien como método anticonceptivo la famosa píldora presenta múltiples ventajas, también son numerosos sus riesgos como la formación de trombos, afectaciones al sistema endocrino o aumentar las posibilidades de sufrir cáncer de mama. Además, este método conlleva innumerables efectos secundarios sobre el plano emocional y físico; como es la demostrada disminución de la libido, pero claro, la libido de la mujer poco importa en este sistema patriarcal; o las náuseas, los dolores o el aumento de peso. Pero no es este el único ataque que ocultan los anticonceptivos hormonales, el mayor riesgo de los anticonceptivos hormonales para las mujeres llegó con su uso como medicamento.

El fascismo en España ha dejado innumerables retratos de horror de diversos tipos pero que siguen enterrados lejos de la memoria colectiva. El robo de bebés es uno de los episodios más tortuosos por su extensión en número y por lo sistemático del procedimiento, que lejos de reducirse a una “transacción económica” - por muy deleznable que ya sea esto de por sí- se trató de un arma de opresión política y de género contra las mujeres republicanas y obreras.

Distinguimos diferentes etapas, comenzando la primera en 1938 y siendo caracterizada por seguir doctrinas psiquiátricas importadas de la Alemania nazi como la “teoría del gen rojo”, por el que los hijos e hijas de las mujeres republicanas debían ser apartados de ellas para que éstos no fueran contagiados por la “ideología antipatriótica” de sus madres, siendo las cárceles de mujeres el sitio propicio para llevar a cabo esta práctica de forma masiva. En 1940 y 1941 se aprueban diferentes órdenes ministeriales que permiten inscribir y dar nombre en el Registro Civil a cualquier menor supuestamente no identificado, estableciendo así la herramienta legal para blanquear esos robos de bebés que no son más que otra forma de opresión contra las mujeres republicanas.

Ángela Figuera Aymerich

Es recurrente el pensamiento de que, a lo largo de la historia, las mujeres no han escrito tanto como los hombres, sostenido por argumentos como “no tenían tanto tiempo libre” o “no tenían acceso a la misma formación académica”, pero esto es preciso matizarlo y corregirlo. Ambas cuestiones, “tiempo libre” y “formación académica”, son asunto no solo de género, también de clase. Si bien hombres y mujeres burguesas recibían siglos atrás una instrucción distinta, con distintas materias, y ocupaban roles diferentes tanto en la familia como en la sociedad; está claro que, en un contexto en el que hasta no hace demasiado la clase obrera no tenía acceso a la educación, era en su mayoría analfabeta y vivía para trabajar, no iban a aparecer muchos escritores de esta extracción social, perteneciesen a uno u otro género, pero menos aún del femenino. Ya Virginia Woolf llamó la atención sobre estos factores sociológicos en Una habitación propia (1929): “Una mujer debe tener dinero y un cuarto propio si ha de escribir”.

Teresa Vega, una mujer de 47 años, quienes la conocen la definen como una luchadora nata que no se ha rendido ni cuando fue despedida a raíz de defender los derechos e impulsar en la calle la lucha de las Kelly. Es una persona que tira del carro, una sindicalista con las ideas muy claras y un gran instinto de clase. Se pasó al turismo proveniente de una familia luchadora del mundo agrícola, de los tomateros a los hoteles, viaje de una mujer por la economía del latifundio en Canarias. En definitiva como se dice aquí, Teresa es una puntal.

Ana, una joven profesora interina de primaria, a la que la pandemia ha obligado a adaptarse en su trabajo para garantizar, en la medida de lo posible, la educación a su alumnado con los pocos medios que aporta el Estado. Es una de las miles de educadoras a las que se les exigió un sobre esfuerzo tanto en el confinamiento como en la vuelta a las aulas, de las esenciales que tuvieron que afrontar de un día para otro clases y tareas on line con jornadas maratonianas.

Le preguntamos cómo afectó el confinamiento a su trabajo, siendo profesora y con el cierre de los centros educativos, nos cuenta que “El confinamiento fue muy duro debido a que lo viví sola, mi hermana es sanitaria y mis padres son personas de riesgo”.

Con tan solo 25 años ha tenido que mostrar en su vida grandes dosis de valentía. A pesar de contactarla con poco tiempo nos responde sobre la marcha que sí, que contemos con ella. Nos cuenta su año, su historia de forma abierta, sincera y decidida.

Yuli Pérez Yumar, una mujer que a pesar de su preparación está condenada por este sistema a empleos precarios y discontinuos, la situación fue complicada, estaba trabajando y días antes de la declaración del estado de alarma la echaron del puesto de trabajo, era una de las últimas incorporaciones. ..”Esto me hizo sentir supermal, porque por así decirlo, estaba volviendo a insertarme en el trabajo, estaba dando pasos a crecer otra vez en mi forma de trabajar, a darme validez a mí misma”. Afrontó el confinamiento en estas circunstancias...”Entonces me encerraron de una manera que me quedé sin trabajo, sin ERTE, sin paga, nada". Sin ayudas al no cumplir los requisitos mínimos, cayó enferma…”Para mí eso fue un boom porque a raíz de eso me empezaron a dar ataques de ansiedad y caí en un poco de depresión, casi no salgo. Me salió una dermatitis, a día de hoy siguen mirándomela. Hemos llegado a la conclusión de que todo esto es a raíz de la depresión que sufrí durante el Covid y además no me pueden dar más medicación por no afectar al hígado”.

Nayara Sánchez una joven de 17 años, los mismos que lleva luchando con la Fibrosis Quística y contra las deficiencias del sistema sanitario. Lejos de asumir con resignación su situación se ha organizado para mejorar las condiciones y atención de todas las personas afectadas por esta enfermedad genética grave y de momento incurable. Una mujer que sorprende por su fortaleza, una guerrera por la vida.

Está estudiando la ESO, y este año ha visto afectados sus estudios, como el resto del estudiantado, admite que las primeras semanas de confinamiento le costaba seguir el ritmo de las clases…” Creo que mí situación académica ha cambiado, aunque estoy acostumbrada a faltar a clase con asiduidad porque debo de acudir al médico con bastante frecuencia y también tengo ingresos hospitalarios que suelen durar tres semanas, estudiar desde casa siempre me ha costado mucho, prefiero las clases presenciales pero no ha quedado otro remedio que habituarse”.

Subcategorías