Hablar de Isabel Moya Richard es hablar de una mujer que entendió el periodismo no como un oficio neutro, sino como una herramienta de transformación. En el momento actual, hablar del periodismo desde el feminismo, viendo la cobertura de noticias de violencia de género, juicios, denuncias, es necesario y nos demuestra que otra forma de comunicar es posible, Isabel levantó la palabra como trinchera y la mirada feminista como método para desmontar silencios, prejuicios y falsas naturalizaciones.

Nacida en La Habana en 1961, donde falleció en 2018, Isabel no escribía “sobre mujeres” como un tema más de la agenda. Escribía desde las mujeres, desde sus experiencias concretas, sus luchas cotidianas y sus derechos postergados. Supo ver —y decir— que la Revolución no podía ser plena si no incorporaba de manera crítica y consciente la emancipación femenina, no como concesión, sino como conquista política y cultural.

En sus textos, y en su propia vida con una enfermedad degenerativa, la mujer no aparece como víctima pasiva ni como heroína idealizada, sino como sujeto histórico, atravesado por contradicciones reales: la doble jornada, el peso de los estereotipos, la violencia simbólica, el machismo persistente.

Desde el periodismo, la investigación académica y la militancia feminista, Moya Richard defendió una ética de la comunicación comprometida con la justicia social. Denunció el sexismo en los medios, cuestionó la representación estereotipada de las mujeres y apostó por una comunicación que educara, que pensara, que emancipara. Para ella, la batalla cultural era tan decisiva como cualquier otra.

Isabel también entendió que el feminismo no es una moda importada ni una consigna vacía, sino una práctica política que se construye en diálogo con la historia, la cultura y las condiciones concretas de nuestro país. Por eso su pensamiento rehúye el dogma y apuesta por el análisis crítico, por la pregunta incómoda, por la autocrítica necesaria.

Elbira Zipitria representa una de las figuras más avanzadas y combativas de la pedagogía vasca del siglo XX, una mujer que entendió la educación no como un mero ejercicio técnico, sino como un frente de lucha por la lengua, la cultura y la dignidad de un pueblo sometido. Nacida en Zumaia en 1906, en el seno de una familia obrera con escasos recursos, su propia trayectoria vital refleja la dureza de las condiciones materiales de la época y, al mismo tiempo, la fuerza de quienes hicieron del saber un instrumento de emancipación colectiva.

Gracias a una beca pudo formarse como maestra en Donostia, incorporándose pronto a la escuela “euskaldun Koruko Andre Mariaren Ikastetxea”. Desde ese momento, su vida quedó ligada a dos ejes inseparables: la defensa del euskera como lengua viva del pueblo trabajador y la renovación pedagógica frente a los métodos autoritarios y memorísticos del sistema educativo dominante. Durante la Segunda República impulsó la primera ikastola en Donostia, sentando las bases de un modelo educativo popular, enraizado en la realidad social y cultural del país.

Zipitria no separó nunca la labor docente del compromiso político y cultural. Militó activamente en organizaciones como “Emakume Abertzale Batza”, Acción Popular Vasca y “Eusko Ikaskuntza”, entendiendo que la lucha por la lengua y la educación formaba parte de una confrontación más amplia contra la opresión nacional y social. La sublevación fascista de 1936 la obligó al exilio en Iparralde, donde se convirtió en un eslabón clave entre la experiencia educativa de preguerra y la resistencia cultural de la posguerra.

El 15 de junio de 1967 nace en Beirut Soha, cuyo padre sindicalista y miembro del Partido Comunista Libanés supuso una influencia decisiva. Se crió en Deir Mimas y en 1978, contando con 11 años, vivió la invasión sionista del Líbano. Oficialmente los ocupantes se retiraron ese mismo año dejando a sus  títeres colaboracionistas: el Ejército del Líbano del Sur (ELS).

Con 15 años se unió al Partido Comunista Libanés; militante activa, encabezó las luchas de la Unión de la Juventud Democrática Libanesa. Corría el año 1982, con una nueva invasión y ocupación del Líbano, también las matanzas de Sabra y Chatila auspiciadas por los sionistas tras la salida de las milicias palestinas.

Estudiante en la universidad de Beirut; por su actividad política sufrió múltiples amenazas de muerte (incluidas las del partido Amal), siendo objeto de numerosos ataques: también uno con ácido, que falló pero dejó quemaduras menores a su madre.

En 1986 entró a formar parte del Movimiento Nacional de Resistencia Libanesa (Jammoul). El 17 de noviembre de 1988 hirió y dejó lisiado al general y criminal jefe del ELS, que colaboraba con el ente sionista ocupante. Tenía 21 años e inmediatamente fue detenida y llevada a la cámara de horrores y prisión clandestina de Khiam, que tenían los sionistas en el sur del Líbano.

Ana Sirgo Suárez nació el 20 de enero de 1930 en Lada. De familia minera y de militantes comunistas, contaba 1 año de edad cuando se proclamó la II República y fue una niña de la guerra evacuada a Catalunya en 1937.

Tras la derrota republicana será acogida por unos parientes, mientras su padre, Avelino Sirgo, el “Matemático”, integraba la guerrilla y la resistencia antifranquista, al que únicamente volvería a ver en una ocasión. Mientras,  su madre estaba presa en la cárcel de Arnao.

La dura supervivencia de aquellos años 40 de posguerra, de hambre y represión sobre quienes perdieron la guerra hizo que nunca fuera a la escuela y que desde niña trabajara en lo que hubiera para hacer frente a la miseria. Su vida y su lucha, ambas son un todo inseparable, ha estado marcada por su origen de clase. Con pocos años fue enlace con la guerrilla y activa militante en el Partido Comunista.

Casada y madre con diecinueve años, siguió activa en la resistencia antifascista, la militancia comunista clandestina y las luchas obreras de Asturias. De las huelgas mineras de 1956 y 1957 a los años sesenta del siglo pasado, donde los mineros fueron la punta de lanza del nuevo movimiento obrero y el prototipo de la resistencia obrera al franquismo, las mujeres tuvieron un papel no menos heroico que ellos. Decenas desafiaron la implacable represión: Anita, Tina, Celestina, Carmen, Eufrasia, Morita, Mª Luisa, Delfina, Enedina, Paquita…

Anita apoyó activamente las huelgas, formó parte de piquetes de mujeres, recogió víveres y ayudas para presos políticos, deportados y despedidos, se entrevistó con autoridades civiles y eclesiásticas, recogió firmas por la amnistía, se encerró en la catedral de Oviedo y en el Palacio Arzobispal, repartió propaganda, acogió dirigentes clandestinos en su casa…

Tras su participación  en la conocida como “huelgona” de 1962,  donde organizó piquetes de mujeres para cerrar el paso a esquiroles, cortando carreteras y enfrentándose a la Guardia Civil cuando hizo falta, fue detenida, torturada y rapada. Sufrió prisión y, junto a “Tina” Pérez, recibió la solidaridad internacionalista clamando por su libertad.

Incansable luchadora, es referente de compromiso, lucha y dignidad, pues hasta el final de su vida, un 15 de enero de 2024, siguió teniendo la misma ideología, militando en las mismas causas y apoyando la lucha antifascista.


Ángela Figuera Aymerich perteneció a la corriente poética de posguerra que mostró su oposición al régimen franquista. Mantuvo una estrecha relación con los que fueron dos de sus compañeros de generación: Blas de Otero y Gabriel Celaya, aunque ellos sí que tuvieron la atención de la historia y de la crítica.

Nació en Bilbao en 1902, pero desarrolló la mayor parte de su vida en Madrid. A pesar de que empezó a escribir desde muy joven, no consiguió publicar hasta el año 1948, a la edad de 46 años. Su primer poemario fue Mujer de barro (1948), seguido de Soria pura (1949) y Vencida por el ángel (1950). Con este último, Ángela se adentró cada vez más en una poesía comprometida con la realidad que la rodeaba. Le siguieron El grito inútil (1952), ganador del Premio Ifach; Los días duros (1953); Víspera de la vida (1953); Belleza cruel (1958), con el que ganó el Premio Nueva España, convocado desde México por autores exiliados para que los que se habían quedado pudiesen publicar su obra sin censura en el país americano; Toco la tierra. Letanías (1962); y su poesía infantil, dedicada a sus nietos, Ana y Gabriel: Cuentos tontos para niños listos (1979) y Canciones para todo el año (1984). Durante esos años tuvo una importante actividad poética, participaba en los círculos literarios del momento, incluida la tertulia "Versos con faldas", fundada por Gloria Fuertes, entre otras, y mantuvo una gran amistad con Carmen Conde. Falleció en Madrid en abril del año 1984.

Hoy evocamos la corta vida y ejemplar  dedicación a la lucha por la libertad y por la causa palestina de una joven militante de Nablús (Cisjordania). Se llamaba Shadia Abu Ghazaleh,  nació en 1949 y murió a los 19 años, como consecuencia de un doloroso accidente en su domicilio, cuando manipulaba  explosivos para uso militar en la resistencia armada de su pueblo.

Shadia se convirtió así en un icono de la resistencia y la liberación. Había iniciado su militancia en el Movimiento Nacionalista Árabe de George Habash en la década de los 60, siendo casi una niña, y en 1967 fue una de las fundadoras del Frente Popular para la Liberación de Palestina . Con pocos años se mudó a El Cairo y estudió durante un año sociología y psicología, pero pronto regresó a Palestina, contra los deseos de su familia que no quería para su hija un entorno de destrucción, persecución y guerra.

En aquellos años, la sociedad palestina era muy tradicional, pero la joven militante, desafiando las exigencias sociales y las imposiciones de género que imperaban en aquel momento, además de ser una de las primeras mujeres que participaron en la resistencia militar, también dirigió operaciones armadas contra Israel, encabezando unidades militares de mujeres y demostrando a su pueblo que mujeres jóvenes como ella también podían ejercer el liderazgo en la lucha armada, en un ámbito mayoritariamente masculinizado.

Abu Ghazaleh concebía la educación como una parte fundamental de la lucha política e ideológica y una herramienta indispensable para la liberación de su pueblo y la revolución, de hecho en Gaza dos escuelas llevan su nombre. El nombre de Shadia es un modelo a seguir para las jóvenes palestinas y para todo su pueblo.

Una de las escuelas que llevan su nombre fue masacrada por las fuerzas de ocupación israelies que en su política criminal y genocida para acabar con la vida del pueblo palestino aniquila hospitales y escuelas, provocando la trágica muerte de muchos niños y niñas.

Nació en 1912 en Castelló de la Plana en el seno de una familia burguesa. Esos datos biográficos son determinantes tanto porque el amor a su lengua y cultura marcarían el resto de su vida y el valenciano, su lengua materna, lo utilizó hasta en el exilio, donde lo transmitió a sus alumnos, hijos y nietos a través de canciones populares y cuentos tradicionales como porque tuvo acceso a la educación en una época donde la tasa de analfabetismo femenino en 1900 era del 71.4 %.

En 1922 se trasladó a València donde estudió Bachillerato y Magisterio, y formó parte de la primera promoción del Plan Profesional de Valencia (1931-1935). En esa época estuvo afiliada a la Federación Universitaria Escolar (FUE) y de ahí su creciente conciencia y desarrollo posterior.

Implicada en la educación popular, participó de forma activa en las Misiones Pedagógicas, destacando por su actividad en la delegación valenciana como organizadora de varias misiones en Manzanera, Bronchales, Narboneta, Sinarcas y varias poblaciones más de Teruel, València y Cuenca. En 1934 participó en la semana pedagógica de Ontinyent dando a conocer y difundiendo la labor cultural, docente y educativa que dichas misiones realizaban en las zonas rurales.

Terminada la carrera, tras las prácticas en el grupo Balmes de València, es destinada a una escuela infantil de Puçol hasta 1936, de ahí pasó a ser agregada a la Inspección de Balmes. Posteriormente, su destino laboral fue el Instituto de Asistencia Social Maestro Ripoll (Valencia) en sustitución de las órdenes religiosas encargadas hasta entonces de la enseñanza en esos establecimientos.

Nace en una plantación de Maryland, entre 1820 y 1822, que los propietarios de esclavos tampoco daban importancia a esas circunstancias y registrada como Araminta Ross.

El tráfico de personas y el sistema esclavista era la norma de la época en Estados Unidos en el siglo XIX y su destino el habitual para las mujeres afrodescendientes. Con 5 años ya trabajaba como sirvienta doméstica y sufrió vejaciones, latigazos y maltratos.

El deber de toda persona sometida es rebelarse y ella siendo adolescente protagonizó un episodio de rebeldía frente al amo: se negó a ayudar a castigar a otro esclavo, y cuando este trataba de huir el esclavista le lanzó un objeto contundente que acabó golpeándola a ella en la cabeza. Desde entonces sufrirá ataques de apoplejía, episodios de hipersomnia , convulsiones y recurrentes dolores de cabeza la acompañaron durante toda la vida.

Se casó en 1844 con un negro libre, John Tubman, y desde ese momento adoptó su apellido y se dio a sí misma el nombre de Harriet. El vínculo matrimonial no impedirá su primer intento de fuga.

Tras la recompensa de la propietaria por cada esclavo recuperado, sus hermanos decidieron volver, obligándola a ella a seguirles. Poco después, en 1849, emprendió la que sería su definitiva fuga. 100 kilómetros por caminos secundarios, bosques y pantanos hasta llegar a Filadelfia "me miré las manos para ver si era la misma persona. Ahora era libre. Fue un momento glorioso: el sol se filtraba como oro a través de los árboles y me sentí como si estuviera en el cielo".

Si alcanzó su libertad fue por la existencia de la llamada “red del ferrocarril clandestino” (Underground Railroad) eso y su contacto con el movimiento abolicionista, hacen que en 1850 realice el mismo viaje que un año antes pero en sentido inverso para liberar a algunos de sus familiares. Un viaje que será el primero de muchos que vendrían después durante los siguientes diez años. Su leyenda creció y se contaba que como “maquinista” de la red del ferrocarril clandestino nunca perdió a ningún “pasajero”.

María Filípovna Limánskaya nació en Staraya Poltavka (Rusia), según la fuente  el 2 o el 12 de abril de 1924 y fue una de esas 800.000 mujeres soviéticas que militarmente contribuyeron a la  derrota del fascismo hace 80 años.  Cuando el alto mando soviético permitió reclutar mujeres, en 1942,  María  tenía 18 años y se unió al Ejército Rojo. Al principio cosía ropa para soldados y luego se convirtió en controladora de tráfico. En este último cometido durante  la guerra reguló el movimiento de tropas a través del  Don y participaría en la batalla que cambió el curso de la historia, la batalla de Stalingrado. Igualmente participó en la liberación de Bielorrusia y Polonia, hasta llegar a Berlín a principios de mayo de 1945 donde el Ejército Rojo de  Obreros y Campesinos  logró la victoria sobre la Alemania nazi.

Tras la batalla de Berlín Limanskaya fue asignada para dirigir el tráfico en la Puerta de Brandeburgo. Junto a la bandera de la victoria sobre el Reichstag, el otro símbolo icónico de la victoria sobre los nazis es el de la "controladora de tráfico de la Victoria" o la madona de Brandeburgo: María Limánskaya dirigiendo el tráfico en la puerta de Brandeburgo. 

Mientras hacía su tarea rutinaria, fue fotografiada, filmada, y entrevistada por un periodista de la agencia TASS. Aquellas fotos de Euguéni Haldey  fueron ampliamente reproducidas en diarios y revistas de todo el mundo y rápidamente se volvió también esa imagen en el símbolo de la victoria sobre la Alemania nazi. Más tarde, durante el mes de julio,  dirigió el tráfico durante la Conferencia Internacional de Potsdam.

batalla_de_ideas2-page001.png