Los países occidentales no tenemos la verdad absoluta ni la mejor organización social o mejor cultura, como piensan los eurocéntricos. Hay que tener mucho cuidado en imponer esquemas ajenos a otras culturas.

El feminismo negro o afrofeminismo, se extiende por continentes y países muy diferentes, haciendo que las formas de lucha varíen según el contexto, composición, número y situación del colectivo de cada país.

Pero hay un marco común del afrofeminismo:

  1. Nace desde dentro de la comunidad. Somos mujeres negras que pertenecemos a una comunidad, heterogénea, con un gran sentido de unión cuando se la pone a prueba.
  2. Nace de la experiencia de la mujer negra y sus opresiones. Las mujeres negras están en el origen de las luchas feministas, pero fueron separadas y apartadas por el racismo de las propias emancipadoras blancas.
  3. Es para nosotras y por nosotras. Creamos nuestro propio discurso centrado en nuestras opresiones, donde el racismo ocupa un lugar central.

Solo desde la autonomía podremos mirar de igual a igual a otras mujeres. Entonces podremos hablar de una verdadera hermandad y compartir objetivos.

El feminismo negro verdaderamente importante es el que se practica cada día, el que participa en las luchas desde la periferia en África, Europa y América.

El término Black Feminism se originó en los EE.UU. y luego se propagó por África. Los feminismos negros se caracterizan por su diversidad y adaptación, dependiendo de la geografía y el contexto social, político, histórico y cultural.

El planteamiento filosófico de estos feminismos surge de esa doble negación, como mujeres y como negras. Ésta es la gran diferencia respecto al feminismo hegemónico, occidental y blanco, que nació durante la Ilustración y de la propia crítica a la razón ilustrada.

Para ellas, el género no es el único causante de la subordinación de las mujeres, siendo más o menos oprimidas, dependiendo de la simultaneidad de opresiones que se entrelacen. Incorporaron la lucha contra la opresión racial, sexual, heterosexual y clasista.

Las feministas africanas critican que este feminismo no tenga en cuenta las particularidades de su continente. Les resulta invasivo, extraño a sus costumbres e idiosincrasia y muy individualista. También critican ese universalismo del concepto mujer que se refiere únicamente a las mujeres blancas. El feminismo occidental actúa como una nueva forma de imperialismo o colonialismo, lo que provoca su rechazo.

Las mujeres negras y racializadas siguen enfrentando una infinidad de discriminaciones. Los abusos de poder y la violencia policial contra la comunidad negra son frecuentes en EEUU y el mundo, donde las mujeres jóvenes tienen un papel importante en las movilizaciones callejeras y en las redes sociales.

 

En unas páginas lejanas de la historia, donde el humo de las fábricas se mezclaba con la tinta obrera y la palabra femenina aprendía a no pedir permiso, aparece la figura de Veronica Porumbacu: mujer judía, escritora, periodista y militante de una sensibilidad revolucionaria que entendía la literatura como un instrumento de combate y de memoria.

No eligió su nombre artístico por vanidad literaria ni por capricho de salón. Nacida como Veronica Schwefelberg, tomó “Porumbacu” del pueblo rumano Porumbacu de Sus, lugar del que provenía la mujer que la cuidó durante su infancia. Ese gesto —aparentemente íntimo— contiene ya una declaración política: nombrarse desde la raíz popular, desde el afecto humilde y campesino, desde aquello que el poder considera menor.

Como tantas mujeres de su generación, Porumbacu atravesó una Europa desgarrada por el fascismo y el antisemitismo. Las leyes raciales le cerraron las puertas de la universidad, pero no consiguieron clausurarle la conciencia. Muy joven se vinculó al comunismo rumano y más tarde colaboró en publicaciones culturales y periódicos cercanos al proyecto socialista de la posguerra. Su poesía de los años cincuenta acompañó el imaginario obrero de la época, exaltando a los trabajadores y la construcción colectiva de una nueva sociedad.

Este mes dedicamos nuestro espacio reivindicativo y de memoria de “La Mujer Nueva” a Fátima Ftouni, periodista asesinada el 28 de marzo de este 2026 en un ataque israelí al vehículo de prensa en el que iba con su hermano, fotoperiodista Mohamad Ftouni, y el periodista Ali Shoaib, cerca de Jezzine, sur del Líbano.

Uno de los dos últimos mensajes públicos que dejó dice así: «Estamos en primera línea, siguiendo los acontecimientos minuto a minuto, con cada disparo, ráfaga, misil y ataque. Nuestro mensaje es claro y daremos la vida por él.». Cada periodista que informa de la sucia guerra que está librando el ente sionista supone una amenaza para él, y sus ataques a quienes portan el chaleco de prensa lo dejan claro. El asesinato de Fátima no puede reducirse a un dato más en la estadística de periodistas silenciadas, porque Fátima no era solo una víctima: era una voz construida a lo largo de años de estudio, compromiso y trabajo constante.

Formada en el ámbito del periodismo y la comunicación, Fátima entendió pronto que informar no era repetir, sino interrogar. Sus años de estudios no fueron una simple acumulación de conocimientos técnicos, sino un proceso de toma de conciencia. Aprendió a leer entre líneas, a identificar las estructuras de poder que moldean los discursos y a utilizar la palabra como herramienta crítica.

Su trayectoria profesional estuvo marcada por esa convicción. No eligió los caminos cómodos ni las redacciones que premian la neutralidad impostada. Optó por espacios donde el periodismo sigue siendo, pese a todo, una forma de resistencia. Sus textos abordaban cuestiones incómodas: las desigualdades sociales, las violencias invisibilizadas, las realidades que rara vez ocupan portadas. Escribía desde una mirada que no separaba lo personal de lo político, consciente de que toda narración implica una toma de posición.

Fátima era, además, parte de una generación de mujeres periodistas que han tenido que abrirse paso en entornos hostiles, donde la credibilidad se cuestiona y la voz se interrumpe. En ese contexto, su trabajo no solo consistía en informar, sino también en sostenerse, en persistir, en no ceder ante las presiones que buscan domesticar el discurso.

Nacer el 1 de abril de 1882 en Pozuelo de Aragón, España rural y profunda, en el seno de una familia pobre, de  jornaleros del campo y donde leer y escribir no era algo a su alcance, eran premisas para una infancia de trabajos y una vida adulta de escasez y penurias.

Sin embargo, algo en la voluntad de aquella niña hizo torcer ese destino desde temprano, aprovechando las pocas horas de escuela y siendo una autodidacta  hasta llegar a ser maestra, escritora y, desde luego, una gran luchadora por la justicia social, la educación, la cultura y la emancipación de las mujeres.

Si su tenacidad y esfuerzo hicieron de ella una intelectual republicana de pluma incisiva, irónica y cargada de inteligencia, su compromiso político la llevó a ser asesinada por los falangistas en la tapia del cementerio de Fuendejalón el 7 de septiembre de 1936.

Casada con 18 años, tras 7 años de malos tratos y humillaciones, se fue con lo puesto y a pie dejó el pueblo hasta Navarra y, después, a Barcelona. Tras diversos trabajos y el reclamo familiar, regresó al pueblo y al marido, aunque esta vez aguantó 7 días. Regresó a Barcelona, compaginando trabajos de sirvienta y cosiendo medias,  con la lectura y la escritura.

Su conciencia feminista y de compromiso social está en sus primeros escritos. "Somos nosotras, las hijas del pueblo, las únicas que tenemos derecho a levantar la voz, porque somos las más perjudicadas en estos atentados a las libertades femeninas. Las grandes damas aristocráticas no pueden sentir estos mismos anhelos, porque ellas disfrutan de todos los privilegios. Qué saben ellas de privaciones y amarguras". Defensora del derecho al voto femenino y de la ley de divorcio, fue  colaboradora del semanario republicano Ideal de Aragón, donde escribía con el seudónimo “Imperia”. A partir del 14 de abril de 1931 realizó una intensa labor de propaganda feminista, socialista y republicana.

En 1932, en el  XVII Congreso de la UGT,  se desempeñó como  secretaria en la 10ª sesión. Ese mismo año, es  designada  como presidenta de una Comisión Gestora en Gallur, convirtiéndose en la primera mujer en estar al frente de una alcaldía. Permaneció al frente de la corporación municipal de Gallur hasta febrero de 1933, retirándose  para dedicarse a la docencia y a las colaboraciones periodísticas.

Hablar de Isabel Moya Richard es hablar de una mujer que entendió el periodismo no como un oficio neutro, sino como una herramienta de transformación. En el momento actual, hablar del periodismo desde el feminismo, viendo la cobertura de noticias de violencia de género, juicios, denuncias, es necesario y nos demuestra que otra forma de comunicar es posible, Isabel levantó la palabra como trinchera y la mirada feminista como método para desmontar silencios, prejuicios y falsas naturalizaciones.

Nacida en La Habana en 1961, donde falleció en 2018, Isabel no escribía “sobre mujeres” como un tema más de la agenda. Escribía desde las mujeres, desde sus experiencias concretas, sus luchas cotidianas y sus derechos postergados. Supo ver —y decir— que la Revolución no podía ser plena si no incorporaba de manera crítica y consciente la emancipación femenina, no como concesión, sino como conquista política y cultural.

En sus textos, y en su propia vida con una enfermedad degenerativa, la mujer no aparece como víctima pasiva ni como heroína idealizada, sino como sujeto histórico, atravesado por contradicciones reales: la doble jornada, el peso de los estereotipos, la violencia simbólica, el machismo persistente.

Desde el periodismo, la investigación académica y la militancia feminista, Moya Richard defendió una ética de la comunicación comprometida con la justicia social. Denunció el sexismo en los medios, cuestionó la representación estereotipada de las mujeres y apostó por una comunicación que educara, que pensara, que emancipara. Para ella, la batalla cultural era tan decisiva como cualquier otra.

Isabel también entendió que el feminismo no es una moda importada ni una consigna vacía, sino una práctica política que se construye en diálogo con la historia, la cultura y las condiciones concretas de nuestro país. Por eso su pensamiento rehúye el dogma y apuesta por el análisis crítico, por la pregunta incómoda, por la autocrítica necesaria.

Elbira Zipitria representa una de las figuras más avanzadas y combativas de la pedagogía vasca del siglo XX, una mujer que entendió la educación no como un mero ejercicio técnico, sino como un frente de lucha por la lengua, la cultura y la dignidad de un pueblo sometido. Nacida en Zumaia en 1906, en el seno de una familia obrera con escasos recursos, su propia trayectoria vital refleja la dureza de las condiciones materiales de la época y, al mismo tiempo, la fuerza de quienes hicieron del saber un instrumento de emancipación colectiva.

Gracias a una beca pudo formarse como maestra en Donostia, incorporándose pronto a la escuela “euskaldun Koruko Andre Mariaren Ikastetxea”. Desde ese momento, su vida quedó ligada a dos ejes inseparables: la defensa del euskera como lengua viva del pueblo trabajador y la renovación pedagógica frente a los métodos autoritarios y memorísticos del sistema educativo dominante. Durante la Segunda República impulsó la primera ikastola en Donostia, sentando las bases de un modelo educativo popular, enraizado en la realidad social y cultural del país.

Zipitria no separó nunca la labor docente del compromiso político y cultural. Militó activamente en organizaciones como “Emakume Abertzale Batza”, Acción Popular Vasca y “Eusko Ikaskuntza”, entendiendo que la lucha por la lengua y la educación formaba parte de una confrontación más amplia contra la opresión nacional y social. La sublevación fascista de 1936 la obligó al exilio en Iparralde, donde se convirtió en un eslabón clave entre la experiencia educativa de preguerra y la resistencia cultural de la posguerra.

El 15 de junio de 1967 nace en Beirut Soha, cuyo padre sindicalista y miembro del Partido Comunista Libanés supuso una influencia decisiva. Se crió en Deir Mimas y en 1978, contando con 11 años, vivió la invasión sionista del Líbano. Oficialmente los ocupantes se retiraron ese mismo año dejando a sus  títeres colaboracionistas: el Ejército del Líbano del Sur (ELS).

Con 15 años se unió al Partido Comunista Libanés; militante activa, encabezó las luchas de la Unión de la Juventud Democrática Libanesa. Corría el año 1982, con una nueva invasión y ocupación del Líbano, también las matanzas de Sabra y Chatila auspiciadas por los sionistas tras la salida de las milicias palestinas.

Estudiante en la universidad de Beirut; por su actividad política sufrió múltiples amenazas de muerte (incluidas las del partido Amal), siendo objeto de numerosos ataques: también uno con ácido, que falló pero dejó quemaduras menores a su madre.

En 1986 entró a formar parte del Movimiento Nacional de Resistencia Libanesa (Jammoul). El 17 de noviembre de 1988 hirió y dejó lisiado al general y criminal jefe del ELS, que colaboraba con el ente sionista ocupante. Tenía 21 años e inmediatamente fue detenida y llevada a la cámara de horrores y prisión clandestina de Khiam, que tenían los sionistas en el sur del Líbano.

Ana Sirgo Suárez nació el 20 de enero de 1930 en Lada. De familia minera y de militantes comunistas, contaba 1 año de edad cuando se proclamó la II República y fue una niña de la guerra evacuada a Catalunya en 1937.

Tras la derrota republicana será acogida por unos parientes, mientras su padre, Avelino Sirgo, el “Matemático”, integraba la guerrilla y la resistencia antifranquista, al que únicamente volvería a ver en una ocasión. Mientras,  su madre estaba presa en la cárcel de Arnao.

La dura supervivencia de aquellos años 40 de posguerra, de hambre y represión sobre quienes perdieron la guerra hizo que nunca fuera a la escuela y que desde niña trabajara en lo que hubiera para hacer frente a la miseria. Su vida y su lucha, ambas son un todo inseparable, ha estado marcada por su origen de clase. Con pocos años fue enlace con la guerrilla y activa militante en el Partido Comunista.

Casada y madre con diecinueve años, siguió activa en la resistencia antifascista, la militancia comunista clandestina y las luchas obreras de Asturias. De las huelgas mineras de 1956 y 1957 a los años sesenta del siglo pasado, donde los mineros fueron la punta de lanza del nuevo movimiento obrero y el prototipo de la resistencia obrera al franquismo, las mujeres tuvieron un papel no menos heroico que ellos. Decenas desafiaron la implacable represión: Anita, Tina, Celestina, Carmen, Eufrasia, Morita, Mª Luisa, Delfina, Enedina, Paquita…

Anita apoyó activamente las huelgas, formó parte de piquetes de mujeres, recogió víveres y ayudas para presos políticos, deportados y despedidos, se entrevistó con autoridades civiles y eclesiásticas, recogió firmas por la amnistía, se encerró en la catedral de Oviedo y en el Palacio Arzobispal, repartió propaganda, acogió dirigentes clandestinos en su casa…

Tras su participación  en la conocida como “huelgona” de 1962,  donde organizó piquetes de mujeres para cerrar el paso a esquiroles, cortando carreteras y enfrentándose a la Guardia Civil cuando hizo falta, fue detenida, torturada y rapada. Sufrió prisión y, junto a “Tina” Pérez, recibió la solidaridad internacionalista clamando por su libertad.

Incansable luchadora, es referente de compromiso, lucha y dignidad, pues hasta el final de su vida, un 15 de enero de 2024, siguió teniendo la misma ideología, militando en las mismas causas y apoyando la lucha antifascista.


Ángela Figuera Aymerich perteneció a la corriente poética de posguerra que mostró su oposición al régimen franquista. Mantuvo una estrecha relación con los que fueron dos de sus compañeros de generación: Blas de Otero y Gabriel Celaya, aunque ellos sí que tuvieron la atención de la historia y de la crítica.

Nació en Bilbao en 1902, pero desarrolló la mayor parte de su vida en Madrid. A pesar de que empezó a escribir desde muy joven, no consiguió publicar hasta el año 1948, a la edad de 46 años. Su primer poemario fue Mujer de barro (1948), seguido de Soria pura (1949) y Vencida por el ángel (1950). Con este último, Ángela se adentró cada vez más en una poesía comprometida con la realidad que la rodeaba. Le siguieron El grito inútil (1952), ganador del Premio Ifach; Los días duros (1953); Víspera de la vida (1953); Belleza cruel (1958), con el que ganó el Premio Nueva España, convocado desde México por autores exiliados para que los que se habían quedado pudiesen publicar su obra sin censura en el país americano; Toco la tierra. Letanías (1962); y su poesía infantil, dedicada a sus nietos, Ana y Gabriel: Cuentos tontos para niños listos (1979) y Canciones para todo el año (1984). Durante esos años tuvo una importante actividad poética, participaba en los círculos literarios del momento, incluida la tertulia "Versos con faldas", fundada por Gloria Fuertes, entre otras, y mantuvo una gran amistad con Carmen Conde. Falleció en Madrid en abril del año 1984.

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