
La utilización de excusas medioambientales para las invasiones imperialistas yanquis ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia. EE. UU. exterminó a la población indígena y creó reservas naturales para grupos indígenas supervivientes. Esta referencia es fundamental para entender la lógica del intervencionismo eco-imperialista en el planeta. Suelen hablar de cambio climático como si fuera un fenómeno natural, a la hora de exculpar al imperialismo saqueador industrial europeo y norteamericano, que lleva arrasando en su afán de destrucción la biosfera durante más de 150 años. Tras siglos de saqueo del Sur Global, los legendarios saqueadores utilizan el medioambientalismo para evitar la soberanía, para proseguir saqueándolos a través de un barniz de capitalismo verde. Por un lado, las trasnacionales europeas y yanquis intervienen en los conflictos, un ejemplo es las guerras por el coltán en Ruanda y Burundi. Otros casos los encontramos en el genocidio sionista en Gaza, por el control de los yacimientos de gas en la costa, a la que quieren convertir en la maravillosa Riviera, seguro que con una marca de sostenibilidad. Las invasiones a Irak e Irán y la agresión a Venezuela representan guerras por petróleo. Recordemos cuando aparece en todas las pantallas del mundo un ave cautiva del petróleo, cuando el conflicto de Irak en 1990, al igual que las armas de destrucción masiva que sirvieron de pretexto para la invasión yanqui, que se demostró su falsedad: el ave atrapada por el petróleo en el Golfo Pérsico resultó ser una manipulación total, las mentiras forman parte de las guerras híbridas yanquis.
Japón aparece como país de armonía naturalista, que consiste en todo un engranaje: si se corta una flor en un parque se multa, si se tala un árbol es un delito; ahora bien, en Japón desde los años 90 hubo una moda por parte de la burguesía nipona de promover una arquitectura y urbanismo sostenibles a bases de maderas nobles procedentes de las selvas de Panamá, arrasadas por las transnacionales.
Recuerdo hace años un episodio de un programa ecologista de RTVE que se denomina ‘El escarabajo verde’, que consistió en un proyecto de “cooperación” de una empresa vinícola que trataba de convencer a agricultores de uva de mesa en Argelia, país musulmán, para que cultivaran un tipo de uva para la comercialización de una célebre marca de vino en el mercado mundial. En esto consiste la sostenibilidad y la cooperación verdes, más bien verdes por los dólares.
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¿Por qué esta fecha?
El 8 de marzo no siempre fue el Día Internacional de la Mujer, su origen esta vinculado a las luchas obreras. La idea surgió de la Internacional Socialista, donde Clara Zetkin, del Partido Socialdemócrata Alemán, y otras mujeres venían luchando desde 1889 para que se celebrara un día que conmemorara la vida y la lucha de las mujeres trabajadoras. Un día para que se reconociera el papel de las trabajadoras y la función del trabajo doméstico en la creación de riqueza social. Finalmente, en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres en Copenhague, se aprobó la resolución presentada por Zetkin, de fijar un día de lucha específico de la mujer trabajadora. La propuesta fue respaldada unánimemente por la Conferencia, a la que asistían más de 100 mujeres procedentes de 17 países, pero el día en el calendario quedó sin concretar.
Inicialmente las fechas fueron distintas en cada país. El 19 de marzo de 1911, en Austria, Dinamarca, Alemania y Suiza las mujeres socialistas organizaron actos públicos. En 1912, las europeas lo celebraron el 12 de mayo, y en 1913, las rusas conmemoraron la fecha el 8 de marzo. Sobre la fecha definitiva elegida circulan diversas versiones, más o menos vinculadas al movimiento obrero, pero siempre ocultándose, desde la historiografía burguesa, que la elección concreta del 8 de Marzo es inseparable de la Revolución Bolchevique.
En 1917, las trabajadoras rusas organizaron una huelga masiva y manifestaciones por “pan y paz” el 23 de Febrero según el calendario ruso, 8 de Marzo del calendario occidental. Movilizaciones que desencadenaron las luchas más amplias que alumbraron la Revolución Rusa. Fue en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada en 1921, donde se eligió oficialmente el 8 de marzo como fecha para las celebraciones anuales del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Así fue como la fecha se convirtió en un elemento fijo del calendario internacional de luchas y desde entonces ese día es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero.
En 1975 se eliminó toda vinculación de clase a la fecha, cuando la ONU estableció el 8 de Marzo como “Día internacional de la Mujer”, sin hacer referencia a las trabajadoras.
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Comprender los mercados bursátiles debería llevarnos a reconocer, como ha ocurrido hasta ahora, que los mercados odian la incertidumbre. Un evento geopolítico (una guerra, unas elecciones polarizadas, un ataque terrorista) genera incertidumbre sobre el futuro. Esto lleva a los inversores a vender activos de riesgo (como acciones) y refugiarse en activos "seguros" como el oro, el bono gubernamental de EE.UU. o el franco suizo. Esto causa caídas generalizadas.
Sin embargo, actualmente los índices bursátiles están en alza y superan records históricos. También el oro y las materias primas suben sin parar. Todo se compra. Esta aparente desconexión entre la convulsión geopolítica global y los índices bursátiles no es exactamente una paradoja, sino la manifestación perfecta de las contradicciones terminales del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de ser un signo de salud del sistema, este fenómeno revela su putrefacción interna, la hipertrofia del capital financiero y la intensificación del caos geopolítico propiciado por el imperialismo.
La concentración del capital y la dictadura de los monopolios
El primer pilar para entender esta situación es la ley, enunciada por Marx de la concentración y centralización del capital.
La principal razón técnica de los máximos bursátiles es la desproporcionada influencia de un puñado de megacorporaciones tecnológicas (las "Siete Magníficas": Apple, Microsoft, Nvidia, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla), que tienen una proporción dominante en el mercado bursátil, representando aproximadamente un tercio del índice S&P 500 (alrededor del 30-37%) y más de la mitad del Nasdaq.
La tecnología con su tendencia a la transversalidad, alimenta sectores como la energía, el armamento, la ciberseguridad... favorecidos por la locura belicista del imperialismo.
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El capitalismo tiene especial habilidad en debilitar la fuerza de la clase trabajadora. A fin de cuentas, el sistema es consciente de que la principal arma de enfrentamiento y lucha contra la explotación y para la emancipación social es la unidad de la clase.
Por este motivo, se fomenta constantemente la fragmentación. Existe multitud de mecanismos que atentan contra la unidad. Uno de estos es la división técnica laboral oponiendo administrativos vs. operarios, contratos fijos vs. temporales, etc., o la creación de trabajadores de primera y segunda clase mediante la externalización o subcontratación, al tiempo que se amplía la brecha salarial.
Asimismo, el capitalismo ha utilizado históricamente divisiones sociales preexistentes para segmentar el mercado laboral, pagando salarios menores a mujeres, migrantes o minorías étnicas, y enfrentando así a unos grupos con otros. Se promueve la narrativa de que los trabajadores migrantes "roban" empleos o reducen salarios.
En los últimos años, cobra cada vez más fuerza la lucha intergeneracional como alternativa “aceptable” y útil para el sistema, destinada a sustituir a la lucha de clases.
Las etiquetas generación Z, generación X, millennials o baby boomers son denominaciones creadas por el marketing generacional, enfatizando las diferencias de contexto entre ellas e influyendo en su forma de pensar, consumir, trabajar y relacionarse. Esto constituye un elemento más de la guerra cognitiva a la que se enfrenta la clase trabajadora.
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En estos tiempos de inestabilidad política, corrupción generalizada y una distancia abismal de los representantes políticos institucionales con las masas, unido a un Estado cuya única función es favorecer el dominio de los monopolios contra las conquistas obreras y gestionar la crisis del capital, aparecen iniciativas que buscan teñir al Régimen del 78, y a sus partidos, con un manto de “democracia”.
Está circulando una petición dirigida a los partidos de la coalición gubernamental para derogar la Ley Mordaza. Este gesto, aparentemente de presión, desnuda en realidad una dinámica perversa y cíclica: la de unos movimientos sociales que, al limitarse a exigir a la "izquierda institucional", se convierten en comparsa voluntaria de los mismos poderes que dicen combatir. Esta petición muestra la perdida de la potencia política autónoma de la clase obrera y sus organizaciones, que abdican de su papel histórico para asumir el de simple grupo de presión.
El cinismo de la situación es monumental. Los partidos ahora interpelados —PSOE, Sumar y sus socios— no solo incumplieron su promesa electoral de derogar esta ley, sino que la han empleado sistemáticamente contra la propia clase trabajadora y los movimientos sociales. - Palestina, Cádiz, etc.- ¿Qué credibilidad puede tener una exigencia dirigida a los mismos arquitectos y beneficiarios de la represión? Esta petición opera en el mismo plano ilusorio que pretende mejorar el "tejido democrático" sin cuestionar el andamiaje represivo del Estado, reforzando así, aunque sea de forma involuntaria, la legitimidad de un régimen que necesita de leyes como la Mordaza para perpetuarse.
El núcleo de la crítica no reside en el objetivo concreto —la derogación es una demanda justa y necesaria— sino en la lógica política de la súplica. Al transformar una lucha popular en un "recordatorio" de promesas a partidos institucionales, los movimientos firmantes caen en la trampa de buscar una acción propositiva dentro del marco establecido, cediendo así su iniciativa. La exigencia de que estos partidos asuman el coste de las multas, calculado según su representación parlamentaria, es la culminación de esta deriva. Reduce la lucha contra la represión a una mera cuestión contable y presupuestaria dentro de la lógica del Régimen del 78, alejándose de una confrontación política real.
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La huelga general ha sido, a lo largo de la historia del movimiento obrero, una de las formas más contundentes y radicales de protesta colectiva. Desde un enfoque marxista, no se trata simplemente de una interrupción del trabajo, sino de una expresión política de las masas trabajadoras que busca cuestionar las bases mismas del orden capitalista. En este artículo se analiza la huelga general como instrumento de lucha, considerando su fundamento teórico en los principios del socialismo científico, su desarrollo histórico y su vigencia en las luchas contemporáneas.
- El marco teórico marxista
Marx y Engels no dedicaron un tratado específico a la huelga general, pero en sus escritos se encuentra una comprensión profunda de la lucha de clases como motor de la historia. El proletariado, la clase obrera, no posee propiedad sobre los medios de producción y debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esta relación de explotación constituye la esencia del capitalismo. En este contexto, la huelga no es un acto aislado, sino una manifestación del conflicto estructural entre burguesía y masas trabajadoras.
Marx señaló en El Capital que la resistencia de los trabajadores frente a la explotación no solo es natural, sino necesaria. La huelga parcial, sectorial o local puede mejorar condiciones salariales o laborales puntuales, pero la huelga general trasciende lo económico y adquiere una dimensión política. Al paralizar la producción, la circulación de mercancías y los servicios esenciales, la clase obrera demuestra su poder como fuerza productiva central del sistema y, al mismo tiempo, visualiza la debilidad del capitalismo.
- De la huelga económica a la huelga política
No es redundancia, es necesidad de insistir hasta su comprensión: desde una perspectiva marxista, existe una diferencia fundamental entre la huelga económica y la huelga política. La primera busca reformas dentro del sistema: aumento de salarios, reducción de la jornada laboral, mejoras en la seguridad social, etc. Desde esta no se cuestiona el sistema. La segunda, en cambio, apunta a transformar la estructura misma del poder. La huelga general, cuando es convocada con objetivos revolucionarios o de gran envergadura social, se convierte en una huelga política.
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Bajo la lógica capitalista, la relación entre la burguesía y el proletariado, a pesar de que la fuerza de trabajo constituye una mercancía, no es una mera transacción comercial equitativa. Es, en su esencia, una relación de explotación estructural. La acumulación de capital no se genera por arte de birlibirloque, sino a través de mecanismos de extracción de valor y riqueza de quienes la producen: la clase trabajadora.
Esta lista no constituye «numerus clausus» y menos un orden jerarquizado. Desgranamos diez formas habituales en que el sistema roba a la clase obrera, consolidando su dominación.
1. La plusvalía: la piedra angular.
La plusvalía es el mecanismo fundacional. Según la teoría del valor-trabajo de Marx, el valor de una mercancía lo determina el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. El capitalista compra una mercancía muy peculiar: la fuerza de trabajo del obrero. Su "valor" es el costo de su subsistencia y reproducción (comida, vivienda, etc.). Sin embargo, la fuerza de trabajo tiene la capacidad única de crear más valor del que cuesta mantenerla.
Si un trabajador produce su salario en 4 horas, pero trabaja 8, las 4 horas restantes son trabajo excedente, plusvalía, la fuente primaria de beneficio. Es el robo legalizado y sistematizado por excelencia.
2. Expolio salarial.
Más allá de la plusvalía estructural, el capitalista busca apropiarse de parte del trabajo necesario (el de su mantenimiento y reproducción), pagando por debajo de su valor. Salarios que no alcanzan para la canasta básica, extensión encubierta de la jornada laboral, impago de horas extras… Esto constituye un robo doble: intensifica la explotación, pero además, desde la propia "justicia" burguesa, se viola su propio contrato legal.
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El “bonapartismo” fue acuñado por Marx y Engels1 para describir el mecanismo de ascenso de un personaje mediocre al poder mediante un golpe de Estado y el apoyo de las masas sociales: Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III) el 2 de diciembre 18512 . El bonapartismo en el poder hoy en día solo puede ser el gobierno del capital financiero y digital, presente el 20 de enero 2025 en la investidura de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Allí, en la tribuna de las personalidades rindiéndole pleitesía al nuevo Bonaparte estaban Marc Zuckerberg, Elon Musk, Jeff Bezos, Tim Cook y toda la élite del capitalismo estadounidense.
Pero el que de verdad mueve los hilos del cambio político no está en esa foto. Él los recibió en su mansión de Washington el día antes en una fiesta con los billonarios del Silicon Valley, políticos y futuros ministros, con el vicepresidente J. D. Vance y el hijo de Trump. Como si él hubiera ganado las elecciones. Efectivamente, Peter Thiel había ganado su apuesta por Donald Trump y un gobierno bajo el mando del más radical turbo-capitalismo.
¿Quién es Peter Thiel? El hombre que creó junto con Elon Musk la plataforma de pago online PayPal (1999), que ganó mucho dinero con Facebook (2006) y fundó Palantir (2003). El mismo que financiaba con muchos millones la carrera política de J. D. Vance y que actúa según sus fuertes convicciones, tanto éticas como políticas: era antiwoke antes de que existiera la palabra woke, quería destruir el Estado antes de que Elon Musk se presentara con su motosierra regalada por Milei; es Peter Thiel quien afirma: “libertad y democracia son incompatibles”.
No fue nada casual o esporádico. Pronto empezó a construir una red de personas que congeniaran con él, que compartieran sus ideas antidemocráticas y autoritarias. Lo que hoy en día se conoce como la “PayPal-mafia” no son solo los que crearon la plataforma de pago, sino también antiguos amigos de la universidad, socios financieros, además de cristianos radicales y filósofos neofascistas como Nick Land y Curtis Yarvin (Ilustración Oscura)3 . Este último anticipó las ideas que Trump realiza con sus órdenes ejecutivos: el proyecto RAGE (Retire All Government Employees) lo llevó a cabo Elon Musk con DOGE. En 2018 Yarvin propuso deportar la población de Gaza y construir un resort turístico. ¿Recuerdan el video “What’s next?”, de Donald Trump en febrero de 2025?
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El código cultural del capitalismo y el adoctrinamiento de Occidente
El capitalismo no es solo un sistema económico, es un proyecto de civilización. Samir Amin lo deja brutalmente claro. El auge de la modernidad capitalista no solo transformó los mercados, sino que reconfiguró la cultura. Fabricó una visión del mundo en la que la codicia es racional, el individualismo es sagrado y Europa es el destino. No fue un efecto secundario. Fue una estrategia. Para dominar el mundo, el capital no solo necesitaba armas y barcos, sino también historias, símbolos, hábitos y ética. Necesitaba una cultura de conquista disfrazada de sentido común.
Amin apunta al andamiaje ideológico que el capitalismo construyó para sí mismo: el culto al individuo, el mito del progreso, la celebración de la racionalidad. Demuestra que estas no eran verdades eternas a la espera de ser descubiertas, sino inventos burgueses, forjados en los hornos de la clase capitalista emergente de Europa. El llamado “declive de la metafísica” no fue una liberación del dogma, sino la sustitución del absolutismo religioso por los dogmas seculares del beneficio, la productividad y la propiedad. El viejo sacerdote fue sustituido por el economista. El altar, por el banco.
Esta revolución cultural no fue neutral. Trajo consigo una antropología particular: el hombre como homo economicus, la sociedad como mercado, la libertad como elección del consumidor. Y detrás de todo esto estaba Europa, el sujeto autoproclamado de la civilización, que se presentaba a sí misma como la portadora natural de los valores modernos. El protestantismo, el racionalismo secular y el liberalismo fueron elevados como los estándares universales del desarrollo humano. ¿Y todos los demás? Seguían atrapados en la tradición, la emoción, el misticismo. Seguían esperando a que los sacaran a la luz.
El marxismo occidental, como muestra Amin, a menudo bebió del mismo pozo envenenado. A pesar de que atacaba al capitalismo económicamente, con frecuencia interiorizaba su cosmovisión cultural. Pensemos en cuántos marxistas rinden culto al altar de la historia europea, citando 1848, 1871 y 1917 como las únicas revoluciones que importaron, mientras tratan la Revolución Haitiana, la Rebelión Taiping, los zapatistas o la Conferencia de Bandung como notas al pie. Pensemos en cuántos siguen tratando la democracia liberal como una etapa natural, o el socialismo como una mejora técnica de la modernidad occidental, en lugar de una ruptura con su esencia.
La cuestión no es que el marxismo sea intrínsecamente eurocéntrico. Es que, en manos de intelectuales europeos que se negaban a romper con su entorno imperial, el marxismo a menudo se veía despojado de su fuerza, descolonizado solo de nombre. Amin no rechaza a Marx, lo purifica. Devuelve el materialismo histórico a sus raíces antiimperialistas. Nos recuerda que la cultura no es un telón de fondo de la lucha de clases, sino su terreno. El aula, la iglesia, el periódico, la familia, el museo... todos se convirtieron en campos de batalla para moldear al sujeto capitalista.
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